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  <title>LOLITA</title>
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  <description>LOLITA - LiveJournal.com</description>
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    <title>LOLITA</title>
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  <pubDate>Sun, 23 Dec 2007 11:50:55 GMT</pubDate>
  <title>36</title>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Lo que sigue es un poco más vulgar e insulso. Bajé lentamente la cuesta y después me encontré marchando con el mismo ritmo perezoso en dirección opuesta a Parkington. Había dejado el impermeable en el boudoir y a mi compinche en el cuarto de baño. No, no era una casa donde me habría gustado vivir. Me pregunté ociosamente si algún cirujano de genio no podría alterar su carrera y quizá el destino todo de la humanidad reviviendo a Quilty. Clare Obscure. No es que me importara. En general quería olvidar la cosa. &lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;Y cuando supe que estaba muerto, la única satisfacción que me dio la noticia fue el alivio de saber que no necesitaba acompañar mentalmente, y durante meses, una convalecencia penosa y repugnante, interrumpida por toda clase de operaciones inimaginables y recaídas, y quizá rematada por una visita suya, con la consiguiente molestia de racionalizarlo como ser concreto, y no como espectro. Es extraño que el sentido del tacto, tan infinitamente menos precioso para los hombres que la vista, se convierta en los momentos críticos en nuestro principal –si no único– asidero de la realidad. Yo estaba enteramente cubierto por Quilty... por la sensación de ese tumulto antes del crimen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino se extendía ahora en pleno campo. Se me ocurrió –no como protesta, no como símbolo ni nada por el estilo, sino tan sólo como experiencia inédita– que habiendo violado todas las leyes de la humanidad, podía violar ahora las reglas del tránsito. De modo que me deslicé hacia la izquierda de la carretera, y experimenté la sensación, y la sensación era buena. Era una placentera fusión diafragmática, con elementos de vaga tangibilidad, todo sostenido por la idea de que nada podía estar más cerca de una eliminación de las leyes físicas esenciales que conducir deliberadamente por el lado prohibido del camino. En cierto modo, era una comezón muy espiritual. Suavemente, como en sueños, seguí avanzando por ese lado insólito sin pasar las veinte millas por hora. El tránsito era escaso. Los automóviles que de cuando en cuando pasaban por el lado que les habían asignado hacían sonar brutalmente sus bocinas. Al fin me encontré en la cercanía de lugares poblados. Pasar una luz roja fue como un sorbo de borgoña prohibido durante mi niñez. Mientras tanto, fueron surgiendo complicaciones. Era seguido y escoltado. Al fin vi frente a mí dos automóviles situados de tal manera que interceptaban por completo mi camino. Con un movimiento gracioso salí de la carretera y después de dos o tres barquinazos subí por una pendiente cubierta de hierba, entre vacas perplejas, hasta que me detuve con una leve oscilación. Una especie de concienzuda síntesis hegeliana entre dos mujeres muertas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pronto me sacarían del automóvil (adiós Melmoth; muchas gracias, viejo amigo). Anticipé mi entrega a muchas manos; no haría nada para cooperar mientras esas manos se movieran y me llevaran, perezosamente abandonado, cómodo, como un paciente, y mientras disfrutaba del extraño goce de los policías y los enfermeros. Y mientras aguardaba que se arrojaran sobre mí en la empinada cuesta, evoqué un último espejismo de asombro y desamparo. Un día, poco después de la desaparición de Lo, un acceso de abominables náuseas me obligó a detenerme en el espectro de un viejo camino montañés que unas veces acompañaba y otras cruzaba una carretera muy reciente, con su población de áster bañándome en la tibieza indiferente de un atardecer apenas azul, a fines del verano. Después de arrojar las entrañas mismas, descansé un instante contra una piedra que corría entre el precipicio y la carretera. Pequeños saltamontes surgían entre la maleza agostada, a los lados del camino. Una nube muy leve abría sus brazos y se movía hacia otra ligeramente sustancial que pertenecía a un sistema más lento. A medida que me acercaba al abismo amistoso, adquiría conciencia de una melodiosa unidad de sonidos que subía, como vapor, de una pequeña ciudad minera tendida a mis pies, en un pliegue del valle. Se divisaba la geometría de las calles, entre manzanas de tejados grises y rojos, y los verdes penachos de los árboles, y un arroyo sinuoso y el rico centelleo mineral del vaciadero de la ciudad, y más allá de ella, caminos que se entrecruzaban sobre la absurda manta formada por campos pálidos y oscuros, y más allá de todo eso, grandes montañas arboladas. Pero aún más luminosa que todos esos colores apaciblemente alegres –pues hay colores y sombras que parecen divertirse en buena compañía–, más brillantes y soñadores para el oído que los ojos, era esa vaporosa vibración de sonidos acumulados que no cesaban un solo instante, mientras se elevaban hasta el labio de granito junto al cual me secaba la boca manchada. Y pronto comprendí que todos esos sonidos tenían una misma naturaleza, que eran los únicos sonidos provenientes de las calles de la ciudad transparente, en cuyas casas permanecían las mujeres esperando a los hombres. ¡Lector! Lo que oía no era sino la melodía de los niños que jugaban, no era sino eso. Y tan límpido era el aire, que dentro de ese vapor de voces mezcladas, majestuosas y minúsculas, remotas y mágicamente cercanas, francas y divinamente enigmáticas, podía oír de cuándo en cuando, como liberado, un estallido de risa viviente casi articulado, o el bote de una pelota, o el tintineo de un vagón de juguete, pero en realidad, todo estaba demasiado lejos para distinguir un movimiento determinado en las calles apenas esbozadas. Me quedé escuchando esa vibración musical desde mi suave pendiente, esos estallidos de gritos aislados, con una especie de tímido murmullo como fondo. Y entonces supe que lo más punzante no era la ausencia de Lolita a mi lado, sino la ausencia de su voz en ese concierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ésta es, pues, mi historia. La he releído. Se le han pegado pedazos de médula, y costras de sangre, y hermosas moscas de fulgor verde. En tal o cual recodo del relato siento que mi yo evasivo se me escapa, deslizándose en aguas más hondas y profundas que las sondeadas. He disfrazado cuanto he podido, para no herir a las gentes. Y he jugueteado con muchos seudónimos antes de dar con uno que se me adaptara convenientemente. En mis notas figuran «Otto Otto» y «Mesmer Mesmer», pero por algún motivo creo que el escogido es el que mejor expresa mi suciedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace cincuenta y seis días, cuando empecé a escribir Lolita, primero en la sala de observación para psicópatas, después en esta reclusión bien caldeada, aunque sepulcral, pensé que emplearía estas notas in toto durante mi juicio, no para salvar la cabeza, desde luego, sino el alma. En plena tarea, sin embargo, comprendí que no podía exhibir a Lolita mientras viviera. Quizá use partes de esta memoria en sesiones herméticas, pero su publicación ha de diferirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por motivos que quizá parezcan más evidentes de lo que son en realidad, me opongo a la pena capital. Confío que el juez comparta tal actitud. De haber comparecido ante mí mismo, habría condenado a Humbert a treinta y cinco años por violación y habría descartado el resto de las acusaciones. Pero aun así, Dolly Schiller me sobrevivirá sin duda muchos años. He tomado la siguiente resolución, con todo el sostén y el impacto legal de un testamento firmado:&lt;br /&gt;Deseo que esta memoria se publique cuando Lolita ya no viva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ninguno de los dos vivirá, pues, cuando el lector abra este libro. Pero mientras palpite la sangre en mi mano que escribe, tú y yo seremos parte de la bendita materia y aún podré hablarte desde aquí hacia Alaska. Sé fiel a tu Dick. No dejes que otros tipos te toquen. No hables con extraños. Espero que quieras a tu hijo. Espero que sea varón. Que tu marido, así lo espero, te trate siempre bien, porque de lo contrario mi espectro irá hacia él, como negro humo, como un gigante demente, y le arrancará nervio tras nervio. Y no tengas lástima de C. Q. Había que elegir entre él y H. H. y era preciso que H. H. viviera a lo menos un par de meses más, para que tú vivieras después en la mente de generaciones venideras. Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Sun, 09 Dec 2007 18:07:17 GMT</pubDate>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;En el estado en que se encontraba nada podía amilanarlo. Pero sus alardes no eran del todo convincentes. Una especie de cauteloso recelo animó sus ojos con un remedo de vida. Pero en seguida volvieron a nublarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Las niñas me gustan mucho -dijo-, y sus padres se encuentran entre mis mejores amigos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió la cabeza, buscando algo. Se palpó los bolsillos. Intentó incorporarse del sillón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Quieto! -dije, quizá en voz más alta de lo que me había propuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No necesita gritarme -se quejó de un modo curiosamente femenino-. Sólo quería un cigarrillo. Me muero por un cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Morirá de todos modos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oh, basta... empieza a aburrirme. ¿Qué quiere usted? ¿Es francés, diga? ¿Quién demonios es usted? Vamos al bar y tomemos un...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vio la pequeña arma negra que tenía en la palma de mi mano como ofreciéndosela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Epa! -dijo arrastrando las vocales (ahora imitaba la farfulla indecente de las películas)-. Qué bonito revólver tiene ahí... ¿Cuánto quiere por él?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;Le golpeé la mano extendida y se las arregló para derribar una caja sobre una mesilla que tenía a su lado. La caja vomitó un puñado de cigarrillos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Aquí están! -dijo jubilosamente-. ¿Recuerda usted la frase de Kipling: Une femme est une femina, un Caporal est une cigarette? Ahora necesitamos fósforos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quilty -dije-. Quiero que me atienda. Morirá dentro de un instante. Lo que siga, por cuanto sabemos, será un estado eterno de locura atormentadora. Ya fumó ayer su último cigarrillo. Concéntrese. Trate de comprender lo que va a ocurrirle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empezó a romper el cigarrillo y a mascar pedazos de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estoy deseoso de comprender -dijo-. Usted es un australiano o un refugiado alemán. ¿Tengo que ser yo, precisamente? Ésta es la casa de un pagano, ¿sabe? Será mejor que se largue de aquí. Y deje de mostrar ese revólver. En el cuarto de música tengo un Stern-Luger.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apunté a su pie en la pantufla y apreté el gatillo. Hizo click. Se miró el pie, miró la pistola, miró de nuevo el pie. Hice otro penoso esfuerzo, y con un sonido ridículo, débil y juvenil, salió. La bala agujereó la espesa alfombra rosada y yo tuve la impresión paralizadora de que otra vez volvería a salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ve usted lo que ha hecho? -dijo Quilty-. Debería tener más cuidado. Déme eso, por Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se incorporó para tomar el revólver. Lo empujé a su sillón. Mi alegría exuberante se desvanecía. Ya era tiempo de que acabara con él, pero Quilty tenía que saber por qué. Su condición se me contagiaba y sostenía el arma con blandura y torpeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Concéntrese en Dolly Haze, la niña que raptó...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Yo no la rapté! -gritó-. La salvé de un pervertido. Muéstreme su insignia, en vez de disparar a mis pies, pedazo de gorila. ¿Dónde está la insignia? Yo no soy responsable de las violaciones de otros. ¡Absurdo! Ese viajecito, se lo aseguro, fue una tontería, pero de todos modos se volvió con usted... ¿no es cierto? Vamos, tomemos un trago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pregunté si quería ser ejecutado de pie o sentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hummm... déjeme pensar -dijo-. No es una pregunta fácil de responder. Entre paréntesis, cometí un error que lamento sinceramente. ¿Sabe usted? Con Dolly no me divertía nada. Soy prácticamente impotente, para decir la melancólica verdad. Y le proporcioné unas vacaciones espléndidas. Conoció a unas cuantas personas notables. ¿Conoce usted a... ?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con impulso tremendo cayó sobre mí. La pistola fue a dar bajo una cómoda. Por fortuna era más impetuoso que fuerte y no me costó demasiado esfuerzo volverlo al sillón. Jadeó un poco y cruzó los brazos sobre el pecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, ya lo hizo -dijo-. Vous voilà dans de beaux draps, mon vieux.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su francés mejoraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miré a mi alrededor. Quizá si... Quizá pudiera... sobre las manos y rodillas... ¿Me arriesgaría?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Alors, que fait-an? -me preguntó, observándome con fijeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me incliné. No se movió. Me incliné más aún.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi estimado señor -dijo-, déjese usted de jugar con la vida y la muerte. Soy un autor teatral. He escrito comedias, tragedias, fantasías. He filmado películas privadas con Justine y otras sexaventuras francesas del siglo XVIII. Soy autor de cincuenta y dos guiones de éxito. Por alguna parte debe de haber un atizador, déjeme buscarlo y así podré pescar su revólver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El muy astuto había vuelto a incorporarse mientras hablaba y fingía buscar algo. Tanteé debajo de la cómoda, procurando al mismo tiempo no perderlo de vista. De pronto, advertí que él había advertido que yo parecía no haber advertido que mi compinche asomaba por debajo del otro ángulo de la cómoda. Nos trabamos en lucha de nuevo. Rodamos por el suelo, cada uno en los brazos del otro, como dos inmensos niños indefensos. Estaba desnudo y hedía como su bata y me sentí sofocado cuando rodó sobre mí. Rodé sobre él. Rodamos sobre mí. Rodaron sobre él. Rodaron sobre nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que este libro será leído cuando se publique, hacia los primeros años del siglo XXI (1935 más ochenta o noventa, amor mío). Llegados a este punto, los lectores más maduros recordarán sin duda la escena infaltable de las películas del oeste vistas en su juventud. Pero en nuestra riña faltaban esos puñetazos que derribarían a un buey y no volaban muebles. No éramos sino dos grandes muñecos rellenos de algodón. Era una riña muda, blanda, informe de dos literatos, uno de los cuales estaba profundamente alterado por una droga, mientras el otro se sentía en desventaja por una enfermedad cardíaca y el exceso de gin. Cuando al fin me apoderé de mi preciosa arma, ambos jadeábamos como ningún cow-boy lo hizo nunca después de luchar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Resolví examinar la pistola -nuestro sudor podía haber estropeado algo- y recobrar el aliento antes de iniciar la parte principal del programa. Para llenar la pausa, le propuse que leyera su sentencia, en la forma más poética que yo le había dado. El término &quot;justicia poética&quot; podía usarse eficazmente en esa ocasión. Le tendí una pulcra hoja de papel escrita a máquina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, espléndida idea -dijo-. Déjeme buscar mis anteojos para leer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intentó incorporarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Empecemos. Veo que está en verso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Porque sacaste ventaja de un pecador&lt;br /&gt;porque sacaste ventaja&lt;br /&gt;porque sacaste&lt;br /&gt;porque sacaste ventaja de mi desventaja...&lt;/i&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Qué bien está. Formidable...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;... cuando desnudo cual Adán &lt;br /&gt;enfrentaba un tribunal federal y todas sus punzantes estrellas...&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Oh, sublime!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;... Porque sacaste ventaja de un pecado&lt;br /&gt;cuando triste de mí cambiaba mis plumas&lt;br /&gt;soñando&lt;br /&gt;con matrimonio en una ladera&lt;br /&gt;con un lecho de Lolitas pariendo...&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esto no lo pesco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Porque sacaste ventaja de mi íntima &lt;br /&gt;esencial inocencia &lt;br /&gt;porque frustraste&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un poco tautológico, ¿no?... ¿Dónde estaba?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Porque frustraste mi redención &lt;br /&gt;porque te la llevaste &lt;br /&gt;en una edad en que las niñas &lt;br /&gt;juegan con equipos erectores&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nos ponemos puercos, ¿eh?...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;una blanda niña que aún usaba amapolas&lt;br /&gt;y comía maíz tostado en el crepúsculo coloreado&lt;br /&gt;donde indios atezados tienen segadores a sueldo&lt;br /&gt;porque la robaste&lt;br /&gt;a su digno protector con sienes de cera&lt;br /&gt;y escupiste en sus ojos de pesados párpados&lt;br /&gt;desgarraste su toga&lt;br /&gt;y al alba hiciste que el cerdo&lt;br /&gt;rodara sobre su nueva desventura&lt;br /&gt;el sacro horror del amor y las violetas&lt;br /&gt;el remordimiento la desesperación,&lt;br /&gt;mientras tú&lt;br /&gt;rompías en pedazos una muñeca&lt;br /&gt;y arrojabas su cabeza&lt;br /&gt;por todo lo que hiciste&lt;br /&gt;y todo lo que no hice&lt;br /&gt;morirás.&lt;/i&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, señor, éste es un poema bueno de veras. El mejor que ha escrito, en mi opinión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dobló la hoja y me la devolvió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pregunté si tenía algo serio que decir antes de morir. El revólver estaba de nuevo listo para ser usado. Lo miró y exhaló un largo suspiro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, ahora escúcheme, Fulano -dijo-. Usted está borracho y yo soy un hombre enfermo. Dejemos las cosas para otro momento. Necesito tranquilidad. Tengo que cuidar mi impotencia. Por la tarde llegarán amigos que me necesitan para un juego. Esta farsa se está volviendo muy pesada. Somos hombres de mundo, en todo sentido... sexo, verso libre, puntería. Si me tiene usted inquina, estoy dispuesto a ofrecer reparaciones insólitas. Hasta una rencontre a la antigua, espada o pistola, en Río o en cualquier otra parte... no está excluido. Mi memoria y mi elocuencia no son hoy muy brillantes, pero en verdad, mi querido señor Humbert, usted no era el tutor ideal, y yo no obligué a su pequeña pupila a seguirme. Fue ella quien me pidió que la llevara a una casa donde sería más feliz. Esta casa no es tan moderna como el rancho que compartimos con encantadores amigos. Pero es amplia, fresca en verano y en invierno, cómoda, en una palabra... de modo que le sugiero que se mude aquí, puesto que proyecto retirarme para siempre a Inglaterra o Florencia. Es suya, gratis. Con la única condición de que deje de apuntarme con ese revólver de... (dijo una palabrota repulsiva). Entre paréntesis, no sé si le interesan a usted las rarezas... Si es así, puedo ofrecerle, también gratis, una compañerita, algo bastante excitante, una damita con tres pechos, raro y delicioso capricho de la naturaleza... Vamos, soyons raisonnables. Sólo conseguirá herirme horriblemente y después se pudrirá en la cárcel mientras yo me recobraré en un ambiente tropical. Se lo prometo, Brewster, será muy feliz aquí, con un sótano magnífico y todos los derechos de autor de mi próxima obra... No tengo demasiado en el banco ahora, pero me propongo pedir prestado... como dice el bardo, con ese frío en la cabeza, pedir prestado, pedir prestado, pedir prestado . Hay otras ventajas. Tenemos aquí a una confiable sobornable criada, la señora Vibrissa -curioso nombre- que viene de la aldea dos veces por semana, hoy no, por desgracia, y tiene hijas, nietas; una o dos cosas que sé del jefe de policía lo hacen mi esclavo. Soy un autor teatral. Me han llamado el Maeterlinck norteamericano. ¿Maeterlinck? Schmetterling, digo yo. ¡Vamos! Todo esto es muy humillante. Estoy seguro de que no hago lo que debo. Nunca use herculanita con rum. Veamos, sea usted un buen tipo y deje esa pistola. Conocía un poco a su pobre mujer. Puede usar mi guardarropa. Ah, otra cosa... le gustará: tengo una colección erótica ejemplar: Bagration Island, por la exploradora y analista Melanie Weiss, una dama notable, un libro notable... deje ese revólver... con fotografías de ochocientos órganos masculinos que examinó y midió en 1932 en Bagration, en el mar Barda, gráficos muy ilustrados, relacionados con una historia de amor bajo los cielos placenteros... deje ese revólver... y además puedo conseguirle permiso para asistir a las ejecuciones, no todos saben que la silla está pintada de amarillo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Feu. Esa vez di contra algo duro. Di contra el respaldo de una mecedora negra -no muy diferente de la de Dolly Schiller-. La bala dio contra la superficie interna del respaldo y la mecedora empezó a moverse tan rápido y con tanta energía que si alguien hubiese entrado en el cuarto se habría quedado boquiabierto ante el doble milagro: la mecedora moviéndose sola de pánico y el sillón donde estaba mi purpúreo blanco desprovisto ahora de todo contenido viviente. Agitando los dedos en el aire y levantando rápidamente el trasero voló al cuarto de música y un segundo después ambos forcejeábamos y jadeábamos a ambos lados de su puerta, de cuya llave me había olvidado. Vencí por tercera vez y con otro violento movimiento, Clare el Imprevisible sentóse al piano y tocó varios acordes atrozmente vigorosos, fundamentalmente histéricos. Le temblaba el mentón, dejaba caer con todas sus fuerzas las manos extendidas y emitía unos resoplidos de locomotora que habían faltado durante nuestra pelea. Sin dejar de producir esas sonoridades increíbles, hizo un vano intento de abrir con los pies una especie de cofre que había cerca del piano. La próxima bala se hundió a un lado de su cuerpo, y entonces se alzó de su silla cada vez más alto, más alto, como el viejo gris, insano Nijinsky, como una pesadilla mía, hasta alcanzar una altura fenomenal y así me pareció, al menos, mientras rasgaba el aire, echaba atrás la cabeza en un alarido, apretándose con una mano la frente y con la otra una axila, como si le hubiera picado una avispa, y después volvió a sentarse sobre sus talones, y otra vez un hombre normal en su bata, se escabulló hacia el vestíbulo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me vi siguiéndolo a través del vestíbulo, con una especie de doble, triple salto de canguro, muy recto sobre mis piernas rectas mientras brincaba dos veces a su zaga, y después brincando entre él y la puerta del frente en una especie de tenso bote de ballet, con el propósito de adelantarme, ya que la puerta no estaba cerrada con llave.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Súbitamente digno, y como enfadado, empezó a subir la amplia escalera. Avancé unos pasos, pero no lo seguí; disparé tres o cuatro veces en rápida sucesión, hiriéndolo a cada descarga. Y cada vez que lo hacía, que le hacía esa cosa terrible, crispaba la cara de un modo absurdo, como un payaso, como si exagerara el dolor. Caía lentamente, ponía los ojos en blanco, entrecerrándolos, lanzaba un &quot;¡ah!&quot; femenino y se estremecía cada vez que lo alcanzaba una bala, como si yo hubiera estado haciéndole cosquillas, y cada vez que le metía una de esas balas mías, lentas, torpes, ciegas, susurraba con afectado acento británico -siempre crispándose, estremeciéndose, sonriéndose y a la vez hablando de un modo curiosamente distraído y hasta amable-:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ah, duele bastante, señor! ¡Ah, esto duele atrozmente, mi buen amigo!... Se lo ruego, desista. ¡Ah... muy doloroso, muy doloroso, en verdad!... ¡Dios! ¡Ah! Esto es abominable, usted no debería...&lt;br /&gt;Su voz se arrastró cuando llegó al descanso, pero siguió caminando a pesar de toda la carga que le había metido en ese cuerpo abotagado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desesperado, aterrado, comprendí que lejos de matarlo, inyectaba chorros de energía en el pobre tipo, como si las balas hubieran sido cápsulas dentro de las cuales danzaba un elixir poderoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví a cargar la cosa con manos negras y rojas: había tocado algo que se había manchado con su sangre espesa. Después subí en su busca. Las llaves tintineaban en mis bolsillos como oro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se arrastraba de cuarto en cuarto, sangrando majestuosamente, tratando de encontrar una ventana abierta, sacudiendo la cabeza, todavía procurando convencerme de que no lo asesinara. Apunté a su cabeza y se retiró al dormitorio principal con un estallido de púrpura real donde había estado una de sus orejas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Váyase, váyase de aquí -dijo tosiendo y escupiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una pesadilla de asombro, vi que ese hombre cubierto de sangre pero todavía vivo, se metía en la cama y se envolvía en las frazadas caóticas. Disparé una vez más desde muy cerca, a través de las frazadas, y entonces yació sobre su espalda, y en sus labios se formó una gran burbuja roja con connotaciones juveniles, que aumentó hasta el tamaño de una pelota de juguete y estalló.&lt;br /&gt;Quizá perdí contacto con la realidad durante uno o dos minutos, pero no ha de creerse que representé esa escena de desvarío propio de los criminales corrientes. Por el contrario, quiero destacar el hecho de que era responsable de cada gota de su sangre burbujeante. Pero ocurrió una especie de instantáneo desplazamiento, como si me hubiera encontrado en el dormitorio conyugal, junto a Charlotte enferma en la cama. Quilty era un hombre muy enfermo. En mi mano tenía una de sus pantuflas, en vez de la pistola. Estaba sentado sobre la pistola. Después busqué una comodidad mayor en el sillón que había junto a la cama y consulté mi reloj pulsera. Había perdido más de una hora. Quilty estaba quieto, por fin. Lejos de sentirme aliviado, me abrumaba una carga aún más pesada que la otra de que esperaba librarme. No podía resolverme a tocarlo para cerciorarme de que estaba realmente muerto. Lo parecía: le faltaba un cuarto de cara y tenía encima dos moscas que empezaban a disfrutar de su increíble buena suerte. Mis manos apenas estaban en mejores condiciones que las de él. Me lavé como pude en el cuarto de baño contiguo. Ahora podía marcharme. Cuando salí al descanso de la escalera, me sorprendió descubrir que había restado importancia -como a un mero zumbido de mis oídos- a lo que era en verdad una mezcla de voces y de música radiotelefónica proveniente de la sala, escaleras abajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encontré allí a unas cuantas personas que parecían haber llegado hacía un instante y se bebían alegremente el alcohol de Quilty. Había un hombre gordo en una poltrona. Dos jóvenes bellezas morenas y pálidas, hermanas, sin duda, grande una y pequeña otra (casi una niña), estaban sentadas con mucho recato en un canapé. Un tipo de cara llameante y ojos azules zafiro salía con dos vasos de la cocina-bar, donde dos o tres mujeres charlaban y cortaban pedazos de hielo. Me detuve en el vano de la puerta y dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Acabo de matar a Clare Quilty.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Lo felicito! -exclamó el tipo rubicundo mientras tendía uno de los vasos a la muchacha que parecía de más edad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Alguien debió hacerlo mucho tiempo antes -observó el gordo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué dice, Tony? -preguntó una rubia desleída desde el bar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dice que ha matado a Cue -respondió el tipo rubicundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, supongo que cualquiera de nosotros lo habría hecho algún día -dijo otro hombre no identificado incorporándose en un rincón donde había examinado, en cuclillas, algunos discos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De todos modos -dijo Tom-, convendría que bajara. No podemos esperar demasiado si queremos llegar a tiempo para esa partida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Que alguien dé un trago a este hombre -dijo el gordo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quieres una cerveza? -preguntó una mujer con pantalones, mostrándome un vaso desde lejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo callaban las dos muchachas sentadas en el canapé, ambas de negro, la más joven jugueteando con algo brillante que tenía alrededor del cuello; ambas permanecían mudas, tan jóvenes, tan obscenas. Cuando la música se detuvo un instante, se oyó un ruido que llegaba desde la escalera. Tony y yo salimos al vestíbulo. Era nada menos que Quilty: se las había arreglado para arrastrarse hasta el descanso de la escalera. Lo vimos sacudirse para desmoronarse al fin -esta vez para siempre- en un montón purpúreo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Apúrate, Cue -dijo Tony riendo-. Creo que todavía está...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió a la sala mientras la música sofocaba el resto de sus palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ése era el fin de la ingeniosa obra que Quilty había puesto en escena para mí, me dije. Con el corazón henchido, salí de la casa y caminé hacia mi automóvil en el resplandor moteado del sol. A cada uno de sus lados había otros dos automóviles estacionados y tuve ciertas dificultades para deslizarme entre ellos.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Fri, 07 Dec 2007 13:06:00 GMT</pubDate>
  <title>35</title>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Dejé el alojamiento &quot;Insomnio&quot; a la mañana siguiente, alrededor de las ocho, y pasé algún tiempo en Parkington. Me obsesionaban presagios de que frustraría la ejecución. Pensé que acaso los cartuchos se habían inutilizado durante una semana de inactividad, quité la cámara y puse otra nueva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Di tal baño de aceite a mi compinche que ya no pude librarme de su pringue. Lo vendé con un lienzo, como un miembro mutilado, y envolví en otro lienzo unas cuantas balas de repuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;Una tormenta de truenos me acompañó durante casi todo el trayecto hacia el camino Grimm, pero cuando llegué a Pavor Manor, el sol se veía de nuevo, ardiendo como un hombre, y los pájaros chillaban en los árboles empapados y humeantes. La casa decrépita y recargada parecía envuelta en una especie de bruma, reflejando, por así decirlo, mi estado de ánimo, pues no pude sino advertir -cuando mis pies se posaron en el suelo elástico e inseguro- que había exagerado el estímulo alcohólico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un silencio irónico respondió a mi llamada. En el garage, sin embargo, se veía su automóvil, por el momento un convertible negro. Probé con el llamador. Una vez más, nadie. Con un gruñido petulante, empujé la puerta y... qué bonito: se abrió como en los cuentos de hadas medievales. Después de cerrarla suavemente tras de mí, atravesé un vestíbulo espacioso y horrible; atisbé en un cuarto adyacente; advertí unos cuantos vasos sucios que crecían en la alfombra; resolví que el amo debía dormir aún en su dormitorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que me arrastré escaleras arriba. Mi mano derecha tenía asido a mi embozado compinche, en mi bolsillo. Con la mano izquierda me tomaba del pasamanos pegajoso. Inspeccioné tres dormitorios; en uno de ellos evidentemente, había dormido alguien la noche anterior. Había una biblioteca llena de flores. Había un cuarto vacío con grandes y profundos espejos y una piel de oso polar sobre el suelo resbaladizo. Se me ocurrió una idea providencial. Por si el amo regresaba de su caminata por los bosques o emergía de algún cubil secreto, sería más seguro que el tirador inseguro -al que aguardaba una larga faena- impidiera a su contrincante la posibilidad de encerrarse en su cuarto. Así, durante cinco minutos por lo menos, anduve por la casa -lúcidamente insano, frenéticamente calmo, como un cazador encantado y alerta- echando llave en cuanta cerradura veía y guardándome la llave en mi bolsillo con la mano libre. La casa, muy vieja, tenía más posibilidades de intimidad que nuestras casas modernas, donde el cuarto de baño -único lugar con cerradura- debe usarse para las furtivas necesidades de una paternidad proyectada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablando de cuartos de baño, estaba a punto de visitar el tercero cuando el amo salió de él, dejando tras sí una breve cascada. El ángulo de un pasillo no me ocultaba del todo. Tenía la cara gris y los ojos abotagados, y estaba todo lo desgreñado que era posible con su semicalvicie, pero lo reconocí perfectamente cuando me rozó con su bata púrpura, muy semejante a la mía. No me vio, o me descartó como a una alucinación habitual e inocua. Mostrándome sus pantorrillas velludas, bajó la escalera como quien anda en sueños. Guardé en mi bolsillo la última llave y lo seguí al vestíbulo. Había entreabierto la boca y la puerta delantera para atisbar por una hendidura luminosa, pensando sin duda que había oído llamar y alejarse a un visitante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después, siempre indiferente al fantasma de impermeable que se había detenido en mitad de la escalera, el amo se dirigió hacia un cómodo boudoir atravesando el vestíbulo y yo -con absoluta tranquilidad, sabiendo que no se me escaparía-, me alejé de él cruzando la sala para ir a desenvolver cuidadosamente a mi sucio compinche en la cocina provista de un bar. Tuve la precaución de no dejar manchas de aceite sobre el cromado: creo que compré un producto malo, negro y terriblemente pegajoso. Con mi habitual minuciosidad, trasladé a mi compinche a un lugar limpio de mi persona y me dirigí hacia el pequeño boudoir. Mis pasos, como he dicho, eran elásticos -demasiado, quizá, para asegurarme el éxito. Pero mi corazón latía con fiero gozo, y pisé un vaso sobre la alfombra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El amo me vio en la sala oriental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Eh! ¿Quién es usted? -me preguntó con voz fuerte y vulgar, metidas las manos en los bolsillos de la bata-. ¿Es usted Brewster, por casualidad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era evidente que estaba mareado y completamente a mi merced, si podía emplearse esa expresión. Me felicité.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso es... -respondí suavemente-. Je suis monsieur Brustière. Charlemos un momento antes de empezar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pareció complicado. El bigotillo color hollín se le crispó. Me quité el impermeable. Tenía puesto un traje oscuro, una camisa negra. No llevaba corbata. Nos sentamos en sendos sillones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sabe? -me dijo, rascándose con fuerza la mejilla gris, carnuda y arenosa, y mostrando sus dientes menudos y perlados en una mueca torva-. Usted no se parece a Jack Brewster. Quiero decir que el parecido no es muy evidente... Alguien me dijo que él tenía un hermano en la misma compañía telefónica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Haberlo atrapado, después de todos esos años de arrepentimiento y furor... Mirar los pelos negros en el dorso de sus manos regordetas... Errar con cien ojos sobre sus sedas purpúreas y el pecho hirsuto, previendo los agujeros... Saber que ese canalla semianimado, infrahumano, era el que había sodomizado a mi amada... ¡Oh, amada mía, ésa era una bendición suprema!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, lo siento, pero no soy ninguno de los Brewster.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sacudió la cabeza, aún más complacido que antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Adivine de nuevo, muchacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ah, conque no ha venido usted a fastidiarme acerca de esas llamadas de larga distancia... -dijo el muchacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo hace usted de cuando en cuando. ¿No es cierto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dije que había dicho que había pensado que él había dicho que nunca había...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La gente -dijo-, la gente en general... No lo acuso a usted, Brewster, pero, ¿sabe usted?, es absurdo cómo la gente invade esta maldita casa sin tomarse siquiera el trabajo de llamar. Usan vaterre, usan la cocina, usan el teléfono, Phil llama a Filadelfia, Pat llama a la Patagonia... Me niego a pagar. Tiene usted un acento curioso, capitán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quilty -dije-. ¿Se acuerda usted de una niña llamada Dolores, Haze, Dolly Haze? ¿Llamó Dolly a Dolores, en Colorado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro... debió hacer esa llamada, sin duda... A cualquier lugar. Paraíso, Washington, Cañón del Infierno... ¿A quién le importa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A mí, Quilty. ¿Sabe usted? Soy su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ridículo! Qué va usted a ser... -dijo-. Usted es algún agente literario extranjero. Un francés tradujo una vez mi Carne altiva por la Fierté de la Chair. Absurdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Era mi hija, Quilty.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Sun, 02 Dec 2007 11:57:56 GMT</pubDate>
  <title>34</title>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Un mecánico de la estación de servicio, en Parkington, me explicó muy claramente cómo llegar hasta el camino Grimm. Deseoso de cerciorarme de que Quilty estaba en su casa, intenté llamarlo, pero supe que su teléfono privado estaba desconectado. &lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;¿Significaba eso que se había marchado? Inicié la marcha hacia la carretera Grimm, doce millas al norte de la ciudad. Para entonces la noche había eliminado ya casi todo el paisaje, y mientras seguía el estrecho y tortuoso camino, una serie de postes bajos, espectralmente blancos, con reflectores, anulaban mis propias luces para indicar tal o cual curva. Pude discernir un valle oscuro a un lado del camino y una ladera arbolada al otro. Frente a mí, como copos de nieve indecisos, las mariposas nocturnas surgían de la negrura en mi aura. A la duodécima milla, como se me anunció, un puente curiosamente techado me envainó durante un instante. Más allá de él, una roca blanqueada surgía a la derecha y poco más adelante al mismo lado viré hacia el camino de granza llamado Grimm. Durante un par de minutos todo fue humedad, oscuridad, denso bosque. Después, Pavor Manor, una casa de madera, con una torrecilla, apareció en un claro circular. El camino de acceso estaba entorpecido por media docena de automóviles. Me detuve bajo el cobertizo de los árboles y apagué mis faros para calcular serenamente qué había que hacer. Debía de estar rodeado por sus secuaces y sus rameras. No pude sino imaginar el interior de ese castillo jocoso y desvencijado como lo habría pintado «Muchachitas engañadas», un relato de una revista de Lo: vagas «orgías», un adulto siniestro de cigarro imponente, drogas, guardaespaldas. Al fin había dado con él. Regresaría en el torpor de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Regresé sin prisa a la ciudad, en ese viejo automóvil que trabaja para mí con serenidad y casi con alegría. ¡Lolita! En las profundidades de la guantera aún quedaba una horquilla suya, de tres años de edad. De nuevo la corriente de pálidas mariposas nocturnas succionadas de la noche por la luz de mis faros. Oscuros granjeros se inclinaban aquí y allá, junto al camino. La gente seguía yendo a los cinematógrafos. Mientras buscaba un alojamiento nocturno, pasé una luz de tránsito. En un fulgor selénico, realmente místico por su contraste con la noche maciza y sin luna, sobre una pantalla gigantesca que se esfumaba entre oscuros campos soñolientos, un minúsculo fantasma levantó una pistola, él y su brazo reducidos a una trémula agua turbia por el ángulo oblicuo de ese mundo que retrocedía... y un instante después una fila de árboles interceptó la gesticulación.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Sat, 24 Nov 2007 14:05:20 GMT</pubDate>
  <title>33</title>
  <link>http://community.livejournal.com/lolita07/25361.html</link>
  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Vuelta a Ramsdale. Llegué hasta ella desde el lago. El soleado mediodía era todo ojos. Mientras me acercaba en mi automóvil enlodado, podía distinguir destellos de agua plateada entre los pinos lejanos. Viré hacia el cementerio y caminé entre los monumentos de piedra largos y bajos. Bonzhur, Charlotte. En algunas tumbas había pequeños pabellones nacionales pálidos y transparentes, clavados en el aire sin viento, bajo las siemprevivas. Vaya, Ed, qué mala suerte la tuya –me refiero a G. Edward Grammar, gerente de una oficina de Nueva York, de treinta y cinco años, acusado por entonces de haber asesinado a su mujer, Dorothy, de treinta y tres años–. Ed planeó el crimen perfecto: aporreó a su mujer y la metió en un automóvil. La cosa se descubrió cuando dos policías patrulleros del distrito vieron el enorme y flamante Chrysler azul de la señora Grammar –regalo de cumpleaños de su marido– que bajaba a velocidad fantástica de una colina, precisamente en la jurisdicción de los policías. (¡Dios bendiga a nuestros buenos polizontes!) El automóvil rozó un poste, subió un terraplén cubierto de cincoenramas, enredaderas y frambuesas silvestres, y volcó. Las ruedas aún giraban silenciosas en el resplandor del sol cuando los policías sacaron el cuerpo de la señora G. Al principio lo tomaron por un accidente común. Pero, ay, el cuerpo magullado de la mujer no se avenía con los daños insignificantes del automóvil. &lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Yo fui más hábil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reanudé la marcha. Era curioso ver de nuevo la esbelta iglesia blanca, los enormes álamos. Olvidando que en una calle suburbana de los Estados Unidos un peatón solitario es más conspicuo que un conductor solitario, dejé el automóvil en la avenida para caminar libremente hasta el 342 de la calle Lawn. Antes del derramamiento de sangre, merecía cierto alivio, un espasmo catártico de regurgitación mental. Las blancas persianas de la mansión de Junk&lt;sup&gt;2&lt;/sup&gt; estaban cerradas, y alguien había atado una cinta de terciopelo negra, sin duda encontrada en la calle, al letrero blanco, inclinado hacia la calle, que decía EN VENTA. Ningún perro ladró. Ningún jardinero telefoneó. Ninguna señorita Vecina estaba sentada en la galería con enredaderas, donde –para gran confusión del solitario peatón– dos mujeres jóvenes, con idénticas colas de caballo e idénticos delantales moteados, dejaron de hacer lo que estaban haciendo para mirarlo: la señorita Vecina debía haber muerto mucho antes y ésas serían sus sobrinas gemelas de Filadelfia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Entraría en mi antigua casa? Como en un cuento de Turguenev, un torrente de música italiana llegó desde una ventana abierta: ¿qué alma romántica tocaba el piano donde ningún piano se había zambullido ni chapaleado en aquel domingo hechizado con el sol sobre sus piernas doradas? De pronto advertí desde el césped sobre el cual me había detenido, una nínfula de nueve o diez años (piel dorada, pelo castaño, pantalones cortos blancos), que me miraba con extática fascinación en sus grandes ojos de color azul-negro. Dije algo agradable, inocente, un cumplido europeo, qué bonitos ojos tienes, pero la niña se retiró a toda prisa y la música cesó de repente. Un hombre moreno de aire violento, brillante de sudor, salió de la casa y me clavó los ojos. Estaba a punto de identificarme cuando, como en medio de una pesadilla, tuve conciencia de mis pantalones enlodados, de mi sweater mugriento y roto, de mi barbilla sin afeitar, de mis ojos de vagabundo, inyectados de sangre... Sin decir una sola palabra, me volví y rehice el camino. Una flor anémica parecida a un áster crecía en una grieta de la acera que recordaba muy bien. Tras una serena resurrección, la señorita Vecina apareció en su silla de ruedas, empujada por sus sobrinas, en la galería, como si hubiera sido un escenario y yo el director de escena. Rogué que no me llamara y me precipité hacia el automóvil. Qué callecita empinada. Qué avenida profunda. Entre el limpiaparabrisas y el vidrio, un boleto rojo. Lo rompí cuidadosamente en dos, tres, ocho pedazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentí que perdía tiempo y avancé con energía hacia el hotel de la ciudad, al que más de cinco años antes había llegado con una maleta flamante. Tomé un cuarto, concerté dos citas por teléfono, me afeité, me bañé, me puse un traje negro y bajé a tomar un trago en el bar. Nada había cambiado. El bar estaba sumergido en la misma luz vaga, increíblemente roja, que hace años, en Europa, era característica de lugares deshonestos, pero que aquí pretendía crear cierta atmósfera en un hotel familiar. Me senté a la misma mesita ante la cual, en seguida de convertirme en el huésped de Charlotte, había considerado apropiado festejar la ocasión con ella y media botella de champagne que había conquistado fatalmente su pobre corazón estremecido. Como entonces, un mozo con cara de luna llena disponía sobre una bandeja redonda, con celo astral, cincuenta vasos para una fiesta de bodas. Esa vez eran de murphy-fanfasía. Eran las tres menos ocho minutos. Al cruzar el vestíbulo hube de sortear un grupo de damas que con mille graces se despedían de un almuerzo. Una de ellas me reconoció y se lanzó sobre mí con un súbito grito. Era una mujer baja y corpulenta, vestida de color gris perla, con una pluma delgada, larga, gris, en el sombrero minúsculo. Era la señora Chatfield. Me atacó con una sonrisa ficticia, encendida de curiosidad perversa. (¿Quizá yo había hecho con Dolly lo mismo que Frank Lasalle, un mecánico de cincuenta años, había hecho en 1948 con Sally Horner, de once?) Pronto dominé ese júbilo ávido. Ella pensaba que yo estaba en California. La sorprendía que... Con placer exquisito le informé que mi hijastra acababa de casarse con un joven y brillante ingeniero en minas que tenía una misión archisecreta en el noroeste. Me dijo que desaprobaba los casamientos tan prematuros, que nunca permitiría que Phyllis, ya de dieciocho años...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oh, sí desde luego –dije serenamente–. Recuerdo a Phyllis. Phyllis y el campamento... Sí, desde luego. A propósito, ¿le contó ella alguna vez que Charlie Holmes pervertía a las discípulas de su madre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sonrisa de la señora Chatfield, ya borrosa, se desintegró por completo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Qué vergüenza! –exclamó–. ¡Qué vergüenza, señor Humbert! Al pobre muchacho lo han matado hace poco en Corea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pregunté si no pensaba que el giro francés vient de seguido de infinitivo no expresaba con más fuerza los sucesos inmediatos que la construcción «hace poco». Pero tenía que marcharme en seguida, agregué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo dos cuadras me separaban de la oficina de Windmuller. Me saludó con un apretón de manos lento, fuerte, inquisidor, envolvente. Creía que estaba en California. ¿No había vivido durante algún tiempo en Beardsley? Su hija acababa de ingresar al Beardsley College. ¿Y cómo estaba?... Le di toda la información necesaria sobre la señora Schiller. Sostuvimos una agradable conferencia de negocios. Salí al cálido resplandor de septiembre convertido en un indigente satisfecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora que todo estaba en regla podía consagrarme libremente al objeto principal de mi visita a Ramsdale. Según el metódico hábito de que siempre me he enorgullecido, había mantenido la cara de Clare Quilty enmascarada en mi negro calabozo, donde aguardaba mi aparición, juntamente con la del barbero y el sacerdote. Réveillez-vouz. Laqueue, il est temps de mourir! En este instante no tengo tiempo para discutir la mnemotécnica de la fisiognomización –voy rumbo a casa de su tío y ando rápido–, pero permítaseme observar esto: había conservado en el alcohol de la memoria nublada una cara de escuerzo. En dos o tres rápidas ocasiones había advertido su ligero parecido con un comerciante en vinos alegre y más bien repulsivo, un pariente mío que vivía en Suiza. Con sus barras de gimnasia, su tricot hediondo, sus gordos brazos velludos, su calvicie y su criada-concubina de cara de cerdo era, en general, un tunante inocuo. Demasiado inocuo, en verdad, para ser confundido con mi presa. En el estado espiritual en que me encontraba entonces había perdido contacto con la imagen de Trapp. Se la había engullido por completo la cara de Clare Quilty, representado con artística precisión por una fotografía que se exhibía sobre el escritorio de su tío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Beardsley, me había entregado a las manos del encantador doctor Molnar para someterme a una operación dental bastante seria que me había dejado unos pocos dientes delanteros de ambos maxilares. Los reemplazantes dependían de un sistema de placas y un alambre invisible que corrían por mis encías superiores. El arreglo era una obra maestra de comodidad y mis caninos gozaban de perfecta salud. Sin embargo, para suministrar a mi oculto propósito un pretexto plausible, dije al doctor Quilty que con la esperanza de aliviar mi neuralgia facial había resuelto hacerme arrancar todos los dientes. ¿Cuánto me costaría una dentadura postiza completa? ¿Cuánto duraría el proceso, suponiendo que fijáramos su comienzo en noviembre? ¿Dónde estaba ahora su sobrino? ¿Sería posible que me los arrancara todos en una sola sesión dramática?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor Quilty (chaqueta blanca, pelo gris, cortado a la prusiana, mejillas grandes y chatas de político), apoyado en el ángulo de su escritorio, mecía un pie seductoramente, como en sueños, mientras elaboraba un plan infinito y glorioso. Primero me colocaría unas placas provisionales, para habituar las encías. Después me haría una dentadura permanente. Le gustaría echar una ojeada a esa boca mía. Usaba zapatos calados, bicolores. No se visitaba con el canalla desde 1949, pero suponía que podía encontrárselo en su hogar ancestral en la carretera Grimm, no lejos de Parkington. Fluctuaba en su noble sueño. Su pie se mecía, su mirada era la de un inspirado. Sugirió que tomáramos las medidas en el acto y que hiciéramos el primer arreglo antes de iniciar las operaciones. Mi boca era para él una espléndida caverna llena de tesoros inapreciables. Pero le prohibí la entrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No –dije–. Pensándolo bien, me trataré con el doctor Molnar. El precio es más elevado, pero desde luego es un dentista mucho mejor que usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ignoro si alguno de mis lectores ha tenido alguna vez oportunidad de decir eso. Es una sensación deliciosa. El tío de Clare permaneció sentado ante el escritorio, aún con su expresión soñadora, pero el pie dejó de mecer la cuna de su exquisita anticipación. Por otro lado, su enfermera, una muchacha marchita y flaca como un esqueleto, con los ojos trágicos de las rubias sin éxito, corrió detrás de mí como para poder cerrar la puerta a mis espaldas.&lt;br /&gt;Póngase el cargador en la culata. Empújese hasta oír que el cargador llega al engranaje. Exquisitamente ajustado. Capacidad: ocho cartuchos. Color: azulado. Dolor: descartado.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Thu, 22 Nov 2007 22:39:53 GMT</pubDate>
  <title>32</title>
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  <description>&lt;div alihn=&quot;justify&quot;&gt;Hubo un día, durante nuestro primer viaje —nuestro primer ciclo paradisíaco–, en que para gozar en paz de mis fantasmas resolví firmemente ignorar lo que no podía dejar de percibir, el hecho de que no era el novio de Lo, ni un hombre arrebatador, ni un muchacho, ni siquiera una mera persona, sino tan sólo dos ojos y una libra de carne..., para mencionar únicamente cosas mencionables. Hubo un día en que después de faltar a la promesa hecha a Lo en la víspera (no recuerdo en qué había puesto ella su cómico corazoncito, o en una pista de patinaje con un peculiar suelo de material plástico o en una función cinematográfica a la que deseaba ir sola), pude ver desde el cuarto de baño, mediante una combinación de espejo y puerta abierta, una expresión de su rostro. &lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;No puedo describir exactamente esa expresión... Una expresión de desamparo tan perfecto que parecía diluirse hacia una apacible vacuidad, precisamente porque ése era el límite mismo entre la injusticia y la frustración –y cada límite presupone algo tras él–; de allí la iluminación neutra. Y si se piensa que éstas eran las cejas alzadas, que ésos eran los labios entreabiertos de una niña, se apreciará mejor qué profundidad de calculada carnalidad, qué desesperación refleja me impedía caer a sus pies y disolverme en lágrimas humanas y sacrificar mis celos a cualquier placer que Lolita esperaba obtener mezclándose con niños sucios y peligrosos en un mundo exterior que era real para ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otros recuerdos sofocados surgen ahora formando monstruos desmembrados de dolor. Una vez, al fin del crepúsculo, en una calle de Beardsley. Lo se volvió hacia la pequeña Eva Rosen –yo llevaba a las dos niñas a un concierto y caminaba tras ella, tan cerca que casi la rozaba con mi cuerpo–, y con gran serenidad y severidad, respondiendo a algo que la otra le había dicho («Prefiero morirme antes de oír hablar a Milton Pinsky –un colegial amigo de ella– sobre música»), observó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Sabes?... Lo espantoso de morirse es que se queda uno tan librado a sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mientras mis piernas de autómata seguían andando, me impresionó el hecho de que sencillamente no sabía una palabra sobre el espíritu de mi niña querida, y que sin duda, más allá de los terribles clichés juveniles, había en ella un jardín y un crepúsculo y el portal de un palacio: regiones vagarosas y adorables, completamente prohibidas para mí, ajenas a mis sucios andrajos y a mis convulsiones. Pues a menudo había advertido que en esa vida que llevábamos, en ese mundo de mal absoluto, sentíamos un extraño pudor toda vez que discutíamos algo que podían haber discutido ella y un amigo más antiguo, ella y un pariente, ella y un muchacho sano al que quisiera de veras, yo y Annabel, Lolita y un Harold Haze sublime purificado, analizado, delicado; una idea abstracta, un cuadro, el moteado Hopkins o el trasquilado Baudelaire, Dios o Shakespeare, cualquier cosa genuina. ¡Santo Dios! Acorazaba su vulnerabilidad mediante ataques groseros y ostentando todo su aburrimiento, mientras yo, formulando mis comentarios desesperadamente inconexos en un tono artificial que me daba frío en mis últimos dientes verdaderos, provocaba en mi auditorio tales estallidos de rudeza que hacía imposible toda conversación ulterior, oh mi pobre niña escaldada. Te quería. Era un monstruo pentápodo, pero te quería. Era despreciable y brutal, y depravado y cuanto podía imaginarse, mais je t&apos;aimais, je t&apos;aimais! Y había momentos en que sabía cuanto pasaba por ti, y saberlo era el infierno, mi pequeña Dolita, aguerrida Dolly Schiller.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo ciertos momentos, llamémoslos témpanos paradisíacos, en que después de saciarme de ella –al cabo de fabulosos, dementes conatos que me dejaban exhausto y transido de azul–, la recogía en mis brazos, al fin con un mudo plañido de ternura humana (su piel brillaba a la luz de neón que llegaba del camino pavimentado, a través de las varillas de la persiana, y tenía las negras pestañas pegoteadas y los ojos más vacíos que nunca, exactamente como los de una pequeña paciente todavía mareada por una droga, después de una operación grave), y la ternura se ahondaba en vergüenza y desesperación, y yo sostenía y mecía a mi solitaria y pequeña Lolita en mis brazos de mármol, y gemía en su pelo tibio, y de cuando en cuando la acariciaba y pedía su bendición sin palabras, y en la cúspide misma de esa ternura humana, agonizante, generosa –mi corazón estaba pendiente de su cuerpo desnudo, ya en vías de arrepentimiento–, súbitamente, irónicamente, horriblemente, el deseo se henchía de nuevo y... oh, no, decía Lolita con un suspiro al cielo, y un momento después la ternura y el azul... todo estallaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las ideas surgidas a mediados del siglo XX sobre las relaciones entre hijos y padres, se han inficionado con la jerigonza escolástica y los símbolos estandarizados del aparato psicoanalista, pero supongo que me dirijo a lectores imparciales. Una vez en que el padre de Avis tocó la bocina de su automóvil, en la calle, para avisar que papá había ido en busca de su chiquilla, me sentí obligado a invitarlo a la sala. Se quedó unos minutos, y mientras conversábamos, Avis, una niña poco atractiva, pesada y cariñosa, se acercó a él y se instaló sobre sus rodillas. No recuerdo si he dicho que Lolita tenía siempre para los extraños una sonrisa encantadora, una dulce tibieza que fluía de sus ojos, una soñadora irradiación de sus rasgos. Nada de ello significaba nada, desde luego, pero era tan hermoso, tan enternecedor que era difícil reducirlo a una célula mágica que iluminaba automáticamente su rostro, como el atavismo de un antiguo rito de bienvenida –prostitución hospitalaria, dirá el lector grosero–. Bueno, mientras el señor Byrd hacía girar su sombrero y me decía gracias y... ah, sí, qué tonto soy, había olvidado que me refería a las características principales de la famosa sonrisa de Lolita. Esa irradiación tierna, rectárea, entre hoyuelos, no se dirigía al extraño que estaba en el cuarto, sino que pendía en su propia vacuidad florida, por así decirlo, o fluctuaba con miope blandura sobre objetos indiferentes. ¿Y qué ocurría después? Mientras la gorda Avis trotaba hacia su papá, Lolita sonreía amablemente al cuchillo de postre con que jugueteaba al borde de la mesa, sobre la cual estaba apoyada, a muchas millas de mí. De pronto, mientras Avis se colgaba del cuello de su padre, que envolvía con brazos distraídos a su rechoncha, vi que la sonrisa de Lo perdía toda su luz y se convertía en una pequeña sombra de sí congelada; el cuchillo se deslizó de la mesa y la golpeó con el mango de plata en el tobillo. Lolita gimió, bajó la cabeza y después, saltando sobre un pie con la mueca preliminar con que los niños contienen las lágrimas a punto de estallar, se marchó, seguida de inmediato y consolada en la cocina por Avis, que tenía un maravilloso papá gordo y rosado y un hermanito rechoncho como ella y una hermanita recién nacida y un hogar y dos perros gruñones, mientras que Lolita no tenía nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y tengo un hermoso pendant para esta pequeña escena, también en el decorado de Beardsley. Lolita, que estaba leyendo junto al fuego, se desperezó y preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y dónde la han enterrado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿A quién?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oh, ya sabes a quién, a mi mamita asesinada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pues tú sabes dónde está la tumba –dije conteniéndome.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después nombré el cementerio, situado en las afueras de Ramsdale, entre el ferrocarril y la colina de Lakeview.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Además –agregué–, la tragedia que fue ese accidente resulta abaratada por el epíteto que te parece conveniente aplicarle. Si de veras deseas superar en tu alma la idea de la muerte...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡...va! –exclamó Lo por decir «¡Viva!», salió lánguidamente del cuarto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante largo rato miré con ojos fijos el hogar. Después tomé su libro. Era una tontería para jóvenes. Había una triste niña llamada Marión y había una madrastra que, contrariando todas las suposiciones, se revelaba como una pelirroja joven, comprensiva, alegre, que explica a Marión que la madre muerta de Marión había sido, en realidad, una mujer heroica, puesto que había disimulado adrede su gran amor hacia Marión porque se sabía moribunda y no quería que su hija la echara tanto de menos. No corrí a su cuarto entre gritos. Siempre prefería la higiene mental de la no-interferencia. Ahora, hurgando en mi memoria, recuerdo que en esa ocasión como en otras similares, mi costumbre era ignorar los estados de alma de Lolita y consolar a mi propia alma vil. Cuando mi madre, con un lívido vestido húmedo, bajo la bruma que caía (así me la imagino vivamente), corrió jadeando de éxtasis hacia ese puente sobre el Moulinet para ser derribada por un rayo, yo no era sino un niño, y ningún anhelo de la índole aceptada podía haberse injertado en algún momento de mi juventud, por más que los psicoanalistas me preguntaron con salvaje insistencia en mis períodos de depresión posteriores. Pero admito que un hombre con mi poder imaginativo no puede alegar una ignorancia personal de las emociones universales. Acaso yo contara demasiado con las relaciones tan frías y anormales entre Charlotte y su hija. Pero lo esencial, lo más terrible de todo era esto: en el curso de nuestra singular relación, Lolita había advertido con claridad cada vez mayor, que aun la vida de la familia más mísera era preferible a esa parodia de incesto que, a la larga, fue lo único que pude ofrecer a la chiquilla.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Sun, 11 Nov 2007 19:07:59 GMT</pubDate>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;En ese solitario paradero entre Coalmont y Ramsdale (entre la inocente Dolly Schiller y el jovial tío Ivor), examiné de nuevo la situación. Volvía a verme juntamente con mi amor, con la mayor claridad. Los intentos previos parecían fuera de foco, comparados con éste. Un par de años antes, guiado por un inteligente confesor de habla francesa al que había revelado en un momento de curiosidad metafísica, un ocre ateísmo de protestante hacia la anticuada salvación papal, esperaba deducir de mi sentido del pecado la existencia de un Ser Supremo. En esas heladas mañanas de la escarchada Quebec, el buen sacerdote trabajó en mí con finísima ternura y comprensión. Le estoy infinitamente agradecido a él y a la institución que representaba. Pero, ay, me sentía incapaz de trascender el simple hecho humano de que ningún solaz espiritual que pudiera encontrar, ninguna eternidad litofánica que pudiera entregárseme, nada podía hacer que mi Lolita olvidara la insensata lujuria que le había contagiado. A menos que se me pruebe -a mí tal como soy ahora, con mi corazón y mi barba y mi putrefacción- que en el infinito no importa un comino que una niña norteamericana llamada Dolores Haze haya sido privada de su niñez por un maniático, a menos que se me pruebe eso (y si tal cosa es posible, la vida es una broma), no concibo para tratar mi miseria sino el paliativo melancólico y demasiado local del arte anticuado. Para citar a un viejo poeta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;The moral sense in mortals is the duty &lt;br /&gt;We have to pay on mortal of beauty*.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Fri, 09 Nov 2007 10:49:59 GMT</pubDate>
  <title>30</title>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Como salí de Coalmont a eso de las cuatro de la tarde (por la ruta X, no recuerdo el número), pude llegar a Ramsdale al amanecer, pero un atajo me tentó. Tenía que tomar la carretera Y. El mapa me demostró que más allá de Woodbine, a donde llegué al anochecer, podía salir del pavimento X y tomar el pavimento Y siguiendo por un camino de tierra transversal. Sólo medía cuarenta millas según el mapa. De lo contrario, debía seguir otras cien millas por X y entonces demorarme por Z para llegar hasta Y y mi destino. Sin embargo, el atajo en cuestión empeoró cada vez más, cada vez se llenó de más baches y fango, y cuando intenté volver atrás después de unas diez millas de marcha ciega, tortuosa y con lentitud de tortuga, mi viejo y débil Molmoth se empantanó. &lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;Todo estaba oscuro, húmedo, solitario. Mis faros alumbraron un gran pozo lleno de agua. El campo que me rodeaba -si es que existía- era un páramo. Quise zafarme, pero las ruedas sólo gimieron en el lodo. Maldiciendo mi apuro, me quité las ropas elegantes, me puse unos pantalones viejos, el sweater baleado y chapoteé cuatro millas hasta una granja. Durante el camino empezó a llover pero no tuve fuerzas para ir en busca de un impermeable. Tales incidentes me han persuadido de que mi corazón está fuerte a pesar de los últimos diagnósticos. A eso de medianoche, un vaquero desempantanó mi automóvil. Navegué de regreso a la carretera X y seguí mi viaje. Una hora después me abatió un cansancio supremo en una ciudad pequeña. Me detuve junto a la acera, en la oscuridad y bebí largos tragos de un frasco familiar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lluvia había cesado millas antes. Era una noche negra y tibia en algún punto de Appalachia. De cuando en cuando me pasaban automóviles: se alejaban las colas rojas, avanzaban las luces blancas. Pero la ciudad permanecía muerta. Nadie paseaba o reía en las calles como hacen los burgueses en la dulce, madura, podrida Europa. Yo era el único que disfrutaba de la noche inocente y de mis terribles pensamientos. Un receptáculo de alambre, sobre la acera, era muy exigente en cuanto a la admisión de su contenido: barreduras, papeles, desperdicios prohibidos. Rojas letras de luz anunciaban un comercio de fotografía. Un gran termómetro con el nombre de un laxante se exhibía tranquilamente al frente de una farmacia. La joyería Rubinov ostentaba diamantes artificiales reflejados en un espejo roto. El reloj verde luminoso se mecía en las profundidades del Lavadero de Jiffy, atestado de ropa. Al otro lado de la calle, un garage decía &quot;Lubricidad genuflexa&quot;, pero se corrigió y dijo &quot;Lubricante Bulfex&quot;. Un aeroplano, también alhajado por Rubinov, pasó rugiendo en los cielos aterciopelados. ¡Cuántas ciudades dormidas había visto! Ésa no había de ser la última.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Permítaseme demorarme unos instantes, de todos modos acabaré con el tipo. Un poco más allá, en la misma calle, unas luces de neón titilaban dos veces más lentas que mi corazón: la silueta del anuncio de un restaurante, una gran taza de café, se animaba a cada segundo de una vida esmeralda y cada vez que desaparecían, letras rosadas que decían &quot;Comida excelente&quot; la reemplazaban. Pero la taza aún podía distinguirse como una sombra lenta que los ojos discernían antes de su inmediata resurrección esmeralda. Nos tomábamos radiografías. Esa ciudad furtiva no estaba lejos de El Cazador Encantado. Lloraba de nuevo, borracho de pasado imposible.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Sun, 04 Nov 2007 22:25:06 GMT</pubDate>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Arrojó la ceniza de su cigarrillo, con un rápido golpe del índice, hacia el hogar, exactamente como solía hacerlo su madre. Y después, como su madre, oh Dios mío, se quitó con la uña un fragmento de papel de cigarrillo pegado en el labio. No. No me había traicionado. Yo estaba entre sus amigos. Edusa le había advertido que a Cue le gustaban las niñas, que había estado a punto de estar preso, en verdad (encantadora verdad), y que él sabía que ella lo sabía... Sí... El codo en la palma de una mano, una sonrisa, el humo exhalado, la ceniza hacia el hogar. Pálidas reminiscencias. Él –una sonrisa– lo sabía todo sobre cada uno y cada cosa, porque no era como tú ni como yo, era un genio. Un gran tipo. Muy divertido. Se había doblado de risa cuando ella le confesó su historia conmigo, y dijo que ya lo había previsto. &lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;Dadas las circunstancias, no había ningún peligro en decirle...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con que Cue&lt;sup&gt;6&lt;/sup&gt;... Todos los días Cue...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su campamento, hacía cinco años. Curiosa coincidencia... La llevó a un rancho formidable, a un día de Elephant (Elphinstone). ¿Cómo se llamaba? Oh, un nombre gracioso... Rancho «Duk Duk» –qué tontería, verdad–; pero eso poco importaba ahora, porque el lugar ya no existía. De veras, yo no podía imaginarme qué formidable era ese rancho. Tenía toda clase de cosas, ¡hasta una cascada en su interior! ¿Recordaba yo a ese tipo pelirrojo con quien nosotros («nosotros»: esto sonaba bien) habíamos jugado una vez? Bueno, ese lugar pertenecía en realidad al hermano de Red, pero se lo había prestado a Cue por el verano. Cuando aparecieron ella y Cue, los demás los hicieron pasar por una ceremonia de coronación y después, una zambullida terrible, como cuando se cruza el Ecuador. Tú conoces eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Levantó los ojos con sintética resignación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sigue, por favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno. Lo proyectado era que Cue la llevaría en septiembre a Hollywood y conseguiría que la aprobaran, que le dieran una parte en una escena de tenis, durante una película basada en una obra suya: Tripas doradas. Y quizá hasta la convertiría en «doble» de una de sus sensacionales estrellitas, en la cancha de tenis. Pero, ay, nada de eso ocurrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Dónde está ese cerdo ahora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No era un cerdo. Era un gran tipo, en muchos sentidos, pero no hacía más que emborracharse y drogarse. Y desde luego, para las cosas sexuales estaba completamente acabado y sus amigos eran sus esclavos. Yo no podía imaginarme (¡yo, Humbert, no podía imaginarme!) las cosas que hacía en Duk Duk. Ella se negó a tomar parte en ellas porque lo quería, y él la echó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué cosas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oh... inmundas, horribles. Tenía allí a dos chiquillas y a dos muchachos, y tres o cuatro hombres, y pretendía que todos nos enredáramos desnudos mientras una vieja filmaba películas.&lt;br /&gt;(La Justine de Sade tenía doce años cuando empezó).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué cosas, exactamente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oh... cosas. Oh... realmente, yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Murmuró ese «yo» como un grito retenido, mientras atendía a la fuente del dolor. Falta de palabras, extendió los cinco dedos y movió arriba y abajo la mano angulosa. No, no podía decirlo, se negaba a dar detalles con esa criatura en el vientre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso era explicable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nada de eso importaba ahora –dijo esponjando un almohadón gris con el puño y después echándose sobre él, boca arriba, sobre el diván.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Locuras, inmundicias. Le dije que no. Yo no iba a (empleó con absoluta despreocupación un repulsivo término vulgar que en traducción literal francesa sería souffler)... a esos muchachitos del demonio sólo porque a él se le antojara. Y me echó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había mucho más que contar. En ese invierno de 1949, Fay y ella encontraron trabajo. Durante casi dos años había andado a la deriva... haciendo trabajitos en algún restaurante de algún lugarejo. Después había conocido a Dick. No, no sabía dónde estaba el otro. En Nueva York, suponía. Desde luego, era tan famoso que ella lo habría encontrado en seguida si hubiera querido. Fay había tratado de volver al rancho... pero encontró que ya no existía... se había quemado por completo, no quedaba nada. Sólo un montón de basura quemada. Fue algo tan raro, tan raro...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerró los ojos y abrió la boca, reclinada sobre el almohadón, con un pie apoyado en el suelo, dentro de su zapatilla. El piso de madera estaba inclinado: una bolita de acero había rodado hacia la cocina. Ya sabía cuanto quería saber. No tenía la intención de torturar a mi amada. En algún lugar, más allá de la casucha de Bill, una voz radiotelefónica festejaba el trabajo terminado cantando acerca del destino y la pasión; y allí estaba mi Lo, con su belleza estropeada, sus manos adultas y venosas, sus brazos de piel de gallina, sus orejas chatas, sus axilas desgreñadas. Allí estaba mi Lolita, definitivamente gastada a los diecisiete años, con esa criatura que ya soñaba en su vientre con llegar a ser un gran borracho y con retirarse hacia 2020, anno Domini. La miré y la miré, y supe con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada imaginado o visto en la tierra, más que a nada anhelado en este mundo. No era sino el vago humo violeta, el eco muerto de la nínfula sobre la cual me había arrojado con tales gritos en el pasado; un eco a la orilla de un barranco rojo, con un bosque lejano bajo un cielo blanco, y hojas pardas ahogándose en el arroyo, y un último grillo sobre la crespa maleza..., pero gracias a Dios, no era sólo ese eco lo que yo había venerado. Lo que yo solía acariciar entre las zarzas enmarañadas de mi corazón, mon grand péché radieux, se había agostado: vicio estéril y egoísta, yo lo anulaba, lo maldecía. Pueden ustedes burlarse de mí y amenazar con despejar la sala, pero hasta que esté amordazado y medio estrangulado seguiré gritando mi pobre verdad. Insisto en que el mundo sepa cuánto quería a mi Lolita, a esa Lolita, pálida y manchada, con otra niña en su vientre, pero siempre con sus ojos grises, siempre con sus pestañas negras, siempre castaña y almendra, siempre mi Carmencita, siempre mía. Changeons de vie, ma Carmen, allons vivre quelque part ou nous ne serons jamais séparés. ¿Ohio? ¿El agreste Massachusetts? Poco importa que sus ojos se marchitaran en los de un pez miope, que sus pezones se hincharan y rajaran, que su triángulo delicado, encantador, aterciopelado, joven, se ensuciara y desgarrara... aun así me enloquecería de ternura con sólo ver tu querido rostro pálido con sólo oír tu voz juvenil y ronca, mi Lolita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lolita –dije–, esto quizá no tenga pies ni cabeza, pero debo decírtelo. La vida es muy corta. De aquí a ese viejo automóvil que conoces tan bien hay sólo un trecho de veinte, veinticinco pasos. Es un trecho muy corto. Da esos veinticinco pasos. Ahora. Ahora mismo. Vente así, como estas. Y viviremos felices el resto de nuestras vidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carmen, voulez-vous venir avec moi? –¿Quieres decir...? –dijo abriendo los ojos e irguiéndose apenas: la serpiente a punto de morder–. ¿Quieres decir que nos (nos) darás ese dinero sólo si me voy contigo a un hotel? ¿Eso es lo que quieres decir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. Has entendido mal. Quiero que dejes a este Dick transitorio, este horrible agujero, que te vengas a vivir conmigo, que mueras conmigo, que lo hagas todo conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estás loco –dijo con los rasgos crispados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Piénsalo, Lolita. Nada te ata. Salvo, quizá... bueno, no importa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una tregua, quería decir, pero no lo dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—De todos modos, aunque rehuses te daré tu... trousseau.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿En serio? –preguntó Dolly.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le tendía un sobre con cuatrocientos dólares en efectivo y un cheque por otros tres mil seiscientos más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recibió mi petit cadeau recelosa, desconcertada; después su frente adquirió un hermoso tinte rosado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quieres decir –dijo con énfasis agonizante –que nos das cuatro mil dólares?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me cubrí la cara con la mano y estallé en el llanto más ardiente que había conocido en mi vida. Sentía que las lágrimas caían a través de mis dedos, por la barbilla, y me quemaban, y la nariz se me tapó, y no podía parar, y entonces ella me tocó la muñeca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me moriré si me tocas –dije–, ¿De veras no quieres venir conmigo? Dime eso tan sólo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, querido, no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca me había llamado querido antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No –dijo–, no puedo pensar siquiera en eso. Antes preferiría volver con Cue. Quiero decir...&lt;br /&gt;No encontró las palabras. Se las proporcioné mentalmente («Él me destrozó el corazón. Tú apenas me destruiste la vida»).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Creo que... –se interrumpió: «epa», el sobre había caído al suelo–. Creo que es formidable de tu parte darnos este montón de plata. Lo arregla todo y podremos empezar la semana próxima. Deja de llorar, por favor. Tienes que comprender. Toma un poco de cerveza. Oh, no llores. No sabes cuánto siento haberte engañado tanto... pero así fueron las cosas.&lt;br /&gt;Me sequé la cara y los dedos. Ella sonrió al cadeau. Estaba radiante. Quería llamar a Dick. Dije que me marcharía en el acto: no quería verlo. Tratamos de encontrar algún tema de conversación. Por algún motivo, yo seguía viendo –temblaba y brillaba con fulgor satinado en mi retina húmeda– a una luminosa niña de doce años sentada en un umbral, arrojando guijarros a una lata sucia. Estuve a punto de decir, procurando hacer una observación superficial. «Me pregunto a veces qué habrá sido de la pequeña McCoo... ¿pudo mejorar?» Pero me detuve a tiempo, por temor de que ella agregara: «Me pregunto a veces qué habrá sido de la pequeña Haze...» Al fin volví a las cuestiones monetarias. Esa suma, dije, representaba más o menos las rentas de la casa de su madre; ella dijo: «¿No la habías vendido hace años?» No (admito que se lo había dicho para cortar toda relación con R. ); un abogado le enviaría después un informe detallado de la situación financiera. Era muy buena. Algunos de los títulos comprados por su madre habían subido cada vez más. Sí, estaba convencido de que debía irme. Debía irme, y encontrarlo, y acabar con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como no habría sobrevivido al roce de sus labios, empecé a retroceder en una danza absurda. Y a cada paso mío, ella y su barriga avanzaban hacia mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me despidió junto a su perro. Me sorprendió (éste es un efecto retórico: no me sorprendió en absoluto) que ver el viejo automóvil en que había andado cuando era una niña y una nínfula la dejara tan indiferente. Sólo observó que en algunos puntos comenzaba a oxidarse. Dije que era suyo, que yo podía viajar en ómnibus. Me dijo que no fuera tonto, que volarían a Júpiter y se comprarían un automóvil allí. Dije que yo le compraría ese mismo por quinientos dólares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A este paso, pronto seremos millonarios –dijo Dolly al perro extático.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carmencita, lui demandais-je...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Una última palabra –dije en mi inglés abominable y cuidadoso–. Estás bien segura... Bueno, no mañana, desde luego, ni pasado mañana, pero... Bueno, algún día, si quieres venirte a vivir conmigo... Crearé un nuevo Dios y le agradeceré con gritos desgarradores si me das una esperanza microscópica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No –dijo ella sonriendo–. No.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué distinto habría sido... –dijo Humbert Humbert.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces tomé el revólver... Ésa es la tontería que aguarda el lector. Pero no se me ocurrió siquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Adióoooos! –cantó mi dulce, inmortal, desaparecido amor norteamericano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque ella estará muerta e inmortalizada cuando lean ustedes esto. Quiero decir que así lo han dispuesto las llamadas autoridades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después mientras me alejaba, oí que llamaba con voz vibrante a su Dick. Y el perro empezó a trotar junto a mi automóvil como un delfín gordo, pero era demasiado pesado y viejo, y pronto abandonó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y al fin me encontré en medio de la llovizna del día moribundo, con los limpiaparabrisas en pleno funcionamiento, pero incapaces de detener mis lágrimas.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Fri, 02 Nov 2007 17:54:54 GMT</pubDate>
  <title>29</title>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Bajé del automóvil y cerré la puerta. Qué concreto, qué rotundo, se oyó ese portazo en el vacío día sin sol. Guau, comentó el perro distraídamente. Apreté el timbre, que vibró por todo mi sistema nervioso. Personne. Je resonne, Repersonne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un par de centímetros más alta. Anteojos de armazón rosada. Nuevo peinado hacia arriba, orejas nuevas. ¡Qué simple! El momento, la muerte que había imaginado durante tres años era simple como un pedazo de madera seca. Estaba francamente, inmensamente encinta. La cabeza parecía más pequeña (sólo transcurrieron dos segundos, en realidad, pero permitidme asignarles tanta duración como puede sobrellevar la vida) y sus pálidas mejillas estaban hundidas y sus piernas y brazos desnudos habían perdido su tinte bronceado, de modo que se notaba el vello. Llevaba un vestido de algodón sin mangas, color pardo, y zapatillas de paño sucias de fango.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Tú! –exclamó después de una pausa, con todo el énfasis de la sorpresa y la bienvenida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tu marido está en casa? –grazné, con el puño en el bolsillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;No podía matarla a ella, desde luego, como habrán pensado algunos. ¿Comprenden ustedes? La quería. Era amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contra la madera astillada de la puerta, Dolly Schiller se apretó cuanto pudo (y hasta se alzó un poco de puntillas) para dejarme pasar, y quedó un instante crucificada, mirando hacia abajo, sonriendo al umbral, con sus mejillas hundidas y sus pommettes redondos, sus brazos de blancura lechosa extendidos sobre la madera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasé sin rozar a su criatura combada. El olor de Dolly, con un dejo de fritanga. Me castañetearon los dientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, quédate fuera –dijo al perro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerró la puerta y me siguió con su barriga a la sala de su casa de muñecas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dick está allí –dijo señalando con una raqueta de tenis invisible, haciendo que mi mirada viajara desde el ocre dormitorio-sala donde estábamos, a través de la cocina y la puerta trasera, donde, en un paisaje más bien primitivo, un joven desconocido de pelo oscuro, con overall, me volvía la espalda subido a una escalera mientras fijaba algo sobre la choza de su vecino, un tipo rechoncho, con un solo brazo, que miraba hacia arriba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella excusó desde lejos el espectáculo: «los hombres son así...» ¿Lo llamaría?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pie en medio del cuarto inclinado, emitiendo gruñidos interrogativos, Lo hizo ademanes javaneses que me eran familiares, con los puños y las manos, ofreciéndome en una breve exhibición de jocosa cortesía las alternativas de una mecedora y un diván (su cama, después de las diez de la noche). He dicho «familiares» porque un día ella me había recibido con esa misma danza durante su reunión en Beardsley. Los dos nos sentamos en el diván. Cosa extraña: aunque estaba como marchita, advertí definitivamente –y definitivamente tarde en el día– cuánto se parecía –siempre se había parecido– a la rosada Venus de Botticelli: la misma nariz suave, la misma belleza difusa. En mi bolsillo, mis dedos tocaron, dentro del pañuelo en que estaba envuelta, mi arma aún virgen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No es ése el tipo que busco –dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La difusa expresión de bienvenida desapareció de sus ojos. Frunció la frente como en los viejos, tristes días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quién?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Dónde está? ¡Rápido!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oye –dijo inclinando la cabeza y sacudiéndola en esa posición–. No sacarás a relucir aquello...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, lo haré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y durante un momento –cosa extraña, el único compasivo, soportable de toda la entrevista– nos miramos llenos de ira, como si aún hubiera sido mía.&lt;br /&gt;Muchacha sensata, se dominó. Dick no sabía una palabra de todo aquel lío. Creía que había escapado de una casa distinguida sólo para lavar platos. Creía cualquier cosa. ¿Por qué pretendía hacer las cosas más difíciles revolviendo aquel estiércol?&lt;br /&gt;Pero debía ser comprensiva, dije, debía ser una muchacha sensible (como su tamborcillo desnudo bajo el vestido pardo), debía entender que si esperaba mi ayuda, al menos tendría que aclarar la situación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Vamos, dime su nombre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella creía que yo lo había averiguado mucho tiempo antes. Era un nombre tan sensacional... (con una sonrisa melancólica y malévola). Nunca lo creería. Ella misma apenas podía creerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su nombre, mi ninfa caída.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué importaba? Sugirió que olvidara la cosa. ¿Un cigarrillo? No. Su nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sacudió la cabeza con firme resolución. Dijo que era demasiado tarde para provocar un escándalo y que yo nunca creería lo increíblemente increíble...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dije que me marchaba, recuerdos, encantado de haberla visto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella dijo que era realmente inútil, que nunca lo diría, pero por otro lado, después de todo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿De veras quieres saber quién fue? Bueno, fue...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suavemente, confidencialmente, arqueando las finas cejas, y abultando los labios resecos, con cierto aire burlón, con un mohín, no sin ternura, en una especie de contenido susurro, pronunció el nombre que el astuto lector ha adivinado hace mucho tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A prueba de agua. ¿Por qué cruzó por mi mente un relámpago desde el lago de Charlotte? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También yo lo había sabido, sin saberlo, durante todo ese tiempo. Suavemente, se produjo la fusión y todo estuvo en orden, ocupó su lugar en el diseño de ramas que yo he entrelazado en este relato con el expreso deseo de que el fruto caiga en el momento justo. Sí, con el expreso y perverso deseo –Lo hablaba, pero yo me fundía en mi paz dorada– de alcanzar esa paz monstruosa y dorada mediante la satisfacción del reconocimiento lógico, que el más enemigo de mis lectores experimentara ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo seguía hablando, como he dicho. Yo pasaba por un momento de apaciguamiento. Él era el único hombre por el cual había estado enloquecida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y Dick? Oh, Dick era desde luego un cordero, por eso eran muy felices juntos, pero ella se refería a algo muy diferente. ¿Y yo nunca había contado para ella, desde luego?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me observó como haciéndose cuenta del increíble, y de algún modo tedioso, confuso, innecesario, de que ese valetudinario distante, elegante, esbelto, cuarentón, de chaqueta de terciopelo que estaba sentado junto a ella, había conocido y adorado cada poro y folículo de su cuerpo pubescente. En sus ojos lavados y grises, tras los extraños anteojos, nuestros pobres amores se reflejaron un instante, y fueron valorados y descartados como cosa aburrida, como una reunión pesada o un picnic con lluvia al que sólo los tipos más aburridos hubieran acudido, como un pedazo de barro seco en que se aterronara su niñez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas pude desviar mi rodilla para que no la alcanzara su palmada (uno de sus ademanes adquiridos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pidió que no fuera insistente. El pasado era el pasado. Había sido un buen padre, suponía, concediéndome eso. Adelante, Dolly Schiller.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno, ¿sabía yo que él había conocido a su madre? ¿Que era un viejo amigo? ¿Que las había visitado con su tío en Ramsdale –oh, años antes–, que había hablado en el club de Madres, y la había tomado del brazo desnudo, y la había subido a su regazo frente a todo el mundo, y la había besado en la cara, y ella tenía diez años y lo había odiado? ¿Sabía yo que él me había visto con ella en el hotel donde escribía aquella misma obra que después ensayaría en Beardsley, dos años después? ¿Sabía yo... ? Había sido horrible de su parte hacerme creer que Clare era una vieja, quizá una pariente de él o una especie de compañera. Oh, se había escapado raspando cuando el Wace Journal publicó su fotografía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Briceland Gazette no la había publicado. Sí, muy divertido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, este mundo era una porquería tras otra. Si alguien escribía su vida, nadie la habría creído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese instante llegaron ruidos hogareños desde la cocina, donde Dick y Bill habían entrado en busca de cerveza. A través del pasillo distinguieron al visitante y Dick entró en la sala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Dick, éste es papá! –exclamó Dolly con voz resonante y violenta que me impresionó como totalmente extraña, y nueva, alegre, vieja, triste, porque el muchacho, veterano de una guerra remota, era duro de oído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ojos celestes y fríos, pelo negro, mejillas rojas, mentón sin afeitar. Nos dimos las manos. El discreto Bill, que evidentemente se enorgullecía de hacer maravillas con una sola mano, trajo las latas de cerveza que había abierto. Quería irme. La cortesía exquisita de las gentes simples. Me hicieron quedar. Un anuncio de cerveza. En realidad, yo la prefería así, y los Schiller también. Me deslicé hacia la mecedora. Mascando ávidamente, Dolly me acosó con malvaviscos y patatas. Los hombres miraban a su padre frágil, frileux, diminuto, europeo, de aspecto joven pero enfermizo, con su chaqueta de terciopelo y su chaleco beige, quizá un vizconde...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenían la impresión de que había ido para quedarme, y con el ceño fruncido –dificultad de pensamiento– Dick sugirió a Dolly que él dormiría en la cocina, sobre un colchón que les sobraba. Agité levemente la mano y dije a Dolly –que se lo transmitió con un alarido especial– que sólo estaba de paso en mi camino hacia Readsburg, donde me aguardaban amigos y admiradores. Entonces advertí que uno de los pocos pulgares que le quedaban a Bill sangraba (después de todo no eran tantas las maravillas que hacía). ¡Qué madura, qué desconocida me pareció la sombría división entre sus pechos pálidos cuando Lo se inclinó sobre la mano del hombre! Fue a repararlo a la cocina. Durante unos minutos, tres o cuatro eternidades que se colmaron de cordialidad artificial, Dick y yo nos quedamos solos. Él estaba sentado en una silla dura, restregando las manos y frunciendo el ceño. Y yo sentía el absurdo prurito de apretarle los puntos negros que tenía sobre las aletas de la nariz con mis largas garras de ágata. Tenía ojos agradables y tristes, con hermosas pestañas y dientes blanquísimos. La nuez de Adán era prominente y con pelos crecidos. ¿Por qué no se afeitarían más a menudo esos mocetones fornidos? Él y su Dolly habían copulado a su antojo sobre esa yacija, por lo menos ciento ochenta veces, quizá más; y antes de eso... ¿durante cuánto tiempo lo había conocido ella? No sentí rencor. Cosa extraña; ni el menor rencor, sólo dolor y asco. Acaso Dick se frotaba la nariz. Estaba seguro de que cuando por fin abriera la boca diría (sacudiendo ligeramente la cabeza): «Sí, es una buena chica, señor Haze. Sí que lo es. Y será una buena madre». Abrió la boca... y bebió un sorbo de cerveza. Eso le dio más dominio de sí. Siguió bebiendo hasta que asomó la espuma por sus labios. Era un cordero. Había albergado en sus manos los pechos florentinos de Dolly. Sus uñas eran negras y estaban roídas, pero las falanges, el carpo entero, los fuertes puños eran mucho, mucho más finos que los míos: he dañado a demasiados cuerpos con mis pobres manos retorcidas para enorgullecerme de ellas. Epítetos franceses, nudillos de un campesino de Dorset, puntas de los dedos chatas de sastre austríaco: eso es Humbert Humbert.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno. Si él callaba, también podía callar yo. En verdad, no me hacía poca falta ese breve descanso en la mecedora desvencijada, aterrada por mi peso, antes de acudir a la guarida de la bestia y retirar el prepucio de la pistola y gozar con el orgasmo de una alimaña aplastada: yo era siempre un buen discípulo del doctor vienés. Pero de pronto sentí lástima por Dick al que de algún modo hipnótico impedía hacer la única observación que podía ocurrírsele («Es una buena chica»... )&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿De modo que se van ustedes al Canadá? –dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la cocina, Dolly reía por algo que Bill había dicho o hecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿De modo –aullé– que se van ustedes al Canadá? No, al Canadá no... –volví a aullar–. Quiero decir a Alaska.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dick amamantó su vaso y asintiendo cortésmente, contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, supongo que se cortó con la lata mellada. Perdió el brazo derecho en Italia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una malva encantadora entre los árboles en flor. Un brazo superrealista colgando entre el encaje malva. Una muchacha tatuada en una mano. Dolly y Bill, vendado, reaparecieron. Se me ocurrió que la belleza pálida, ambigua de Lo, excitaba al manco. Con una mueca de alivio, Dick se puso de pie, imaginaba que era mejor que él y Bill acabaran de fijar esos alambres. Imaginaba que el señor Haze y Dolly tenían montones de cosas que decirse. Imaginaba que me vería antes de que marchara. ¿Por qué imaginan tantas cosas esos tipos y se afeitan tan poco y desdeñan a tal punto los aparatos para sordos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Siéntate –dijo Dolly, golpeándose audiblemente con las manos las caderas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví a caer en la mecedora negra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿De modo que me traicionaste? ¿A dónde fuiste? ¿Dónde está él ahora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomó una fotografía cóncava y brillante que había sobre la repisa del hogar. Una vieja de blanco, corpulenta, sonriendo, de piernas combadas y vestido muy corto; un viejo en mangas de camisa, bigote largo, cadena de reloj. Sus padres políticos. Vivían con la familia del hermano de Dick, en Juneau.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿De veras no quieres fumar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella, por su parte, encendió un cigarrillo. Era la primera vez que la veía fumar. Streng verboten bajo Humbert el Terrible. Airosamente, envuelta en un vaho azulino, Charlotte Haze surgió de su tumba. Ya lo encontraría por medio del tío Ivory&lt;sup&gt;5&lt;/sup&gt;, si ella se negaba a decírmelo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Si te he traicionado? No.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Sat, 20 Oct 2007 10:38:18 GMT</pubDate>
  <title>28</title>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;De nuevo en el camino, de nuevo al volante del viejo sedán azul, de nuevo solo. Rita estaba muerta para el mundo cuando leí la carta y luché contra las montañas de agonía que suscitó en mí. La miré: sonreía en su sueño. Le besé la frente húmeda y la dejé para siempre, con una nota de tierno adiós que le pegué al ombligo, pues de lo contrario no la habría encontrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿&quot;Solo&quot; he dicho? Pas tout à fait. Llevaba conmigo a mi pequeño camarada negro y no bien llegué a un lugar retirado proyecté la muerte violenta del señor Richard F. Schiller. Había encontrado un sweater mío, gris, sucio y viejo, en el fondo del automóvil, y lo colgué de una rama, en una muda ciénaga a la cual había llegado por un camino arbolado desde la ya remota carretera. &lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;La ejecución de la sentencia se vio algo entorpecida por cierta rigidez en el juego del gatillo, y me pregunté si debía poner un poco de aceite al misterioso objeto, pero resolví que no tenía tiempo que perder. El viejo sweater muerto volvió al automóvil ahora con perforaciones adicionales. Volví a cargar al tibio compinche y seguí mi viaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (ese día era el 22 de setiembre) y la dirección indicada era &quot;Correo Central, Coalmont&quot; (no &quot;Va&quot; no &quot;Pa&quot;, no &quot;Tenn.&quot;, y tampoco Coalmon, de todos modos... lo he disfrazado todo, amor mío). Averigüé que era una nueva pequeña comunidad industrial a ochocientas millas de Nueva York. Al principio, proyecté conducir todo el día y toda la noche, pero después lo pensé mejor y descansé un par de horas en un alojamiento, pocas millas antes de llegar a la ciudad. Había resuelto que el enemigo, ese Schiller, había sido un viajante de comercio que había llegado a conocer a Lo llevándola a dar una vuelta a Beardsley -el día en que se le pinchó una goma de la bicicleta rumbo a la casa de la señorita Emperador- y que desde entonces se habían visto en dificultades. El cadáver del sweater ejecutado, a pesar de que modifiqué su silueta mientras yacía sobre el asiento trasero del automóvil, seguía revelando características de Trapp-Schiller... la gordura y la obscena bonhomía de su cuerpo. Y para contrarrestar ese dejo de vulgar corrupción resolví estar especialmente atractivo y elegante cuando apreté el botón de mi reloj despertador antes de que sonara a las seis de la mañana. Después, con el romántico cuidado de un caballero a punto de batirse en duelo, verifiqué si llevaba todos mis documentos, me bañé, perfumé mi delicado cuerpo, me afeité la cara y el pecho, elegí una camisa de seda y calzoncillos limpios, me puse calcetines transparentes color gris topo y me felicité por haber llevado conmigo algunas ropas muy exquisitas, por ejemplo un chaleco con botones de nácar, una corbata de pálida cachemira y otras cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por desgracia no fui capaz de retener mi desayuno. Pero ignoré ese detalle como un contretemps trivial, me sequé la boca con un fino pañuelo que tomé de mi manga, y con un bloque de hielo azul por corazón, una píldora en la lengua y una muerte segura en el bolsillo del pantalón, me dirigí hacia una cabina telefónica de Coalmont (Atth... dijo su puertecita) y llamé al único Schiller -Paul, Muebles- que encontré en la maltratada guía. El maldito Paul me dijo que conocía a Richard, hijo de una prima suya, y que su dirección era... un instante... calle Killer , número 10 (no estoy muy brillante para los seudónimos). Aaaah... dijo la puertecita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el número 10 de la calle Killer, una casa de vecindad, interrogué a unos cuantos ancianos derrengados y a dos nínfulas de rubio cabello largo, increíblemente harapientas (de manera más bien abstracta, sólo porque sí, la antigua bestia que había en mí buscaba a una niña apenas vestida que pudiera retener contra mí un instante, después del crimen, cuando ya nada importaba y todo me estuviera permitido). Sí, Dick Schiller había vivido allí, pero se había mudado al casarse. Nadie sabía su nueva dirección. &quot;Deben de saberla en la tienda&quot;, dijo una voz de bajo que partió de una boca abierta junto a mí y a las dos niñas descalzas y de brazos flacos y sus abuelas desvaídas. Entré en una tienda que no era la indicada y un viejo negro receloso sacudió la cabeza antes de que pudiera preguntarle nada. Crucé hacia una mísera rosticería y allí, llamada por un cliente a pedido mío, una voz femenina gritó desde un abismo en el suelo (equivalente de la boca masculina): camino Hunter, última casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino Hunter estaba a millas de ahí en un distrito aún más lúgubre, lleno de vaciaderos y zanjones y huertos agusanados y chozas y llovizna gris y fango rojo y varios montones humeantes a la distancia. Me detuve en la última &quot;casa&quot;, una choza de madera, similar a otras dos o tres que se veían en las cercanías y rodeadas por un baldío plagado de maleza. Detrás de la casa se oían martillazos y durante varios minutos permanecí inmóvil en mi viejo automóvil, viejo y endeble, al fin de mi viaje, en mi triste meta, finís, amigos finis, mis demonios. Eran poco más o menos las dos. Mis pulsaciones eran 40 en un minuto y 100 al siguiente. La llovizna crepitaba contra la capota del automóvil. El revólver había emigrado al bolsillo derecho del pantalón. Un perro indescriptible apareció detrás de la casa, se detuvo asombrado y empezó a ladrarme bondadosamente, con los ojos cerrados, lleno de fango el vientre hirsuto, después caminó un trecho y volvió a ladrar.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Wed, 17 Oct 2007 17:11:02 GMT</pubDate>
  <title>27</title>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Mi buzón, a la entrada del vestíbulo, pertenecía al tipo que permite entrever su contenido a través de una tapa de cristal. Varias veces una embaucadora luz arlequinada que caía a través del vidrio sobre una caligrafía ajena la había convertido en la letra de Lolita, produciéndome casi un síncope mientras me apoyaba en una urna adyacente, a punto de convertirse así en la mía propia. Cada vez que ocurría eso, cada vez que sus garabatos encantadores, intrincados, pueriles, se transformaban de manera horrible en la letra insulsa de uno de mis escasos corresponsales, solía recordarme, con angustiado regocijo, algunas ocasiones de mi pasado confiado y prelastimoso en que una ventana brillante como alhaja, en la acera opuesta, exhibía ante mis ojos avizores, ante el periscopio siempre alerta de mi vicio vergonzoso, a una nínfula semidesnuda, en el acto de peinarse el pelo de Alicia-en-el-País-de-las-Maravillas. &lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;En ese fantasma ígneo había una perfección que hacía perfecto también mi anhelo desenfrenado, precisamente porque la visión estaba más allá de mi alcance, sin posibilidad de llegar hasta ella para enturbiarla con la conciencia de una prohibición violada. En verdad, es muy posible que la atracción misma que ejerce sobre mí la inmadurez reside no tanto en la limpidez de la belleza infantil, inmaculada, prohibida, cuanto en la seguridad de una situación en que perfecciones infinitas cierran el abismo entre lo poco concedido y lo mucho prometido... la rosa gris inasequible. Mes fenêtres! Pendiente sobre un crepúsculo abigarrado y el pozo de la noche, rechinando los dientes, yo apretujaba todos los demonios de mis deseos contra las rejas de un balcón palpitante. Ya estaban a punto de arrojarse, ya se lanzaban... después de lo cual la imagen iluminada se movía. Eva volvía a ser una costilla y sólo quedaba en la ventana un hombre obeso, parcialmente vestido, leyendo su diario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como a veces ganaba la carrera entre mi fantasía y la realidad de la fantasía, la decepción era soportable. El dolor insufrible empezaba cuando el azar entraba en la refriega y privaba de la sonrisa destinada a mí. Savez-vous qu&apos;a dix ans ma petite était folle de vous?, me dijo una mujer con la cual conversaba durante un té en París, y la petite acababa de casarse, a millas de distancia, y yo no podía recordar si había reparado en ella en aquel jardín, junto a las canchas de tenis, doce años antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vislumbre radiante, la promesa de la realidad, una promesa no sólo seductoramente fingida, sino también noblemente mantenida... De todo ello volvió a privarme un día el azar. Y no sólo el azar, sino también la letra cambiada, los caracteres más pequeños de mi pálida y adorada remitente. Mi fantasía estaba proustianizada y procusteanizada; pues esa mañana, a principios de septiembre de 1952, en que fui a recoger mi correo, el pulcro y bilioso portero con quien estaba en términos execrables empezó a quejarse de que un hombre que acababa de acompañar a Rita había &quot;vomitado como un cerdo&quot; en los escalones de la entrada. Mientras lo escuchaba y le daba su propina, y después volvía a escuchar una versión más cortés y enmendada del incidente, tuve la impresión de que una de las dos cartas contenidas en el bendito buzón era de la madre de Rita, una mujercita loca que nos había visitado una vez en Cape Cod y que me escribía a mis diversas direcciones, diciendo lo bien que me llevaba con su hija y qué maravilloso sería que nos casáramos. La otra carta, que abrí y leí rápidamente en el ascensor, era de John Farlow.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas veces he advertido que tendemos a atribuir a nuestros amigos la estabilidad de tipo que adquieren en la mente del lector los caracteres literarios. Aunque abramos el Rey Lear montones de veces nunca encontraremos al buen rey arrojando su escudilla en violenta rebeldía, olvidados todos los pesares, en una alegre reunión con sus tres hijas y sus perros falderos. Nunca revivirá Emma, reanimada por las sales simpáticas en las oportunas lágrimas del padre de Flaubert. Sean cuales fueren las evoluciones por las que tal o cual personaje popular ha pasado entre las tapas de un libro, su destino está fijado en nuestra mente y de manera similar esperamos que nuestros amigos se ajusten a tal o cual molde convencional que hemos acuñado para ellos. Así, X nunca compondrá la música inmortal que no armonizaría con las sinfonías de segundo orden a que nos ha habituado. Y nunca cometerá un asesinato. En ninguna circunstancia Z nos traicionará. Lo hemos dispuesto todo en nuestra mente, y cuanto menos vemos a una persona determinada, es tanto más satisfactorio comprobar la obediencia con que se ajusta a nuestra noción de él cada vez que nos llegan sus noticias. Cualquier desviación del destino que hemos ordenado nos impresionaría no sólo por anómala, sino también por su falta de ética. Preferiríamos no haber conocido a nuestro vecino, el vendedor jubilado de salchichas calientes, si un día publica el libro de poesías más importante de su tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Digo todo esto para explicar cómo me asombró la carta histérica de Farlow. Sabía que su mujer había muerto, pero esperaba que seguiría siendo, a través de una viudez devota, la persona insulsa, calma y digna que había sido siempre. Ahora me escribía que después de una breve visita a los Estados Unidos había vuelto a Sudamérica y había resuelto que todos los asuntos que tenía entre manos en Ramsdale pasarían a las de Jack Windmuller, de esa misma ciudad, un abogado que ambos conocíamos. Parecía particularmente aliviado por librarse de las &quot;complicaciones&quot; de los Haze. Se había casado con una muchacha española. Había dejado de fumar y pesaba diez kilos más. Ella era muy joven y campeona de ski. Pasarían la luna de miel en la India. Como acababa de &quot;formar un hogar&quot;, ya no tendría tiempo de ocuparse de mis asuntos, que encontraba &quot;muy extraños y exasperantes&quot;. Los entremetidos -toda una asamblea de ellos, según parecía- le habían informado que el paradero de la pequeña Dolly Haze era desconocido y que yo vivía con una divorciada en California. El padre de su mujer era un conde muy rico. Las personas que habían alquilado durante años la casa de Charlotte deseaban comprarla. Sugería que hiciera aparecer rápidamente a Dolly. Además, se había roto una pierna. Incluía una instantánea suya y de su morena, vestidos de lana blanca, sonriéndose mutuamente entre las nieves de Chile.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que entré en mi apartamiento y empecé a decir: &quot;Bueno, al fin hemos de encontrar sus huellas...&quot;, cuando la otra carta empezó a hablarme con una vocecilla muy segura de sí:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Querido papá:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo anda todo? Me he casado. Voy a tener un hijo. Creo que será muy grande. Creo que nacerá para Navidad. Es difícil escribirte esta carta. Estoy medio loca, porque no podemos pagar nuestras deudas y salir de aquí. Le han prometido a Dick una buena colocación en Alaska, dentro de su especialidad en la mecánica. Eso es todo lo que sé, pero suena muy bien. Perdona si no te digo la dirección de mi casa, pero has de estar muy enfadado conmigo y Dick no debe saberlo. Esta ciudad es algo terrible. El humo y la niebla no dejan ver a los tarados que la habitan. Por favor, mándanos un cheque, papá. Podemos arreglarnos con trescientos o cuatrocientos, o quizá menos, cualquier suma vendría bien, puedes vender mis cosas viejas. Una vez estemos allá, las cosas mejorarán. Escríbeme, por favor. Estoy muy triste y he pasado por momentos muy malos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuya&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dolly (señora de Richard F. Schiller).&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Mon, 15 Oct 2007 04:32:30 GMT</pubDate>
  <link>http://community.livejournal.com/lolita07/23441.html</link>
  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Se había apoderado de mí una curiosa ansiedad de revivir mi estadía allí con Lolita. Entraba en una etapa de existencia en la cual abandonaba toda esperanza de alcanzar a su raptor y a ella misma. Ahora intentaba volver a lugares conocidos, a fin de salvar lo que aún podía salvarse en el sentido de souvenir, souvenir, que me veux-tu? El otoño vibraba en el aire. Un pedido de cama doble que el profesor Hamburg envió por correo obtuvo por respuesta una expresión de regret. El lugar estaba colmado. Sólo tenían un cuarto en el sótano, sin baño, con cuatro camas que, pensaban, yo no necesitaría. La nota estaba encabezada así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;center&gt;&lt;table width=&quot;500&quot;&gt;&lt;tr&gt;&lt;td colspan=&quot;2&quot;&gt;&lt;center&gt;EL CAZADOR ENCANTADO&lt;/center&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td width=&quot;250&quot;&gt;Iglesias en las cercanías&lt;/td&gt;&lt;td width=&quot;250&quot; align=&quot;right&quot;&gt;No se admiten perros&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td colspan=&quot;2&quot;&gt;&lt;center&gt;Se expenden todas las bebidas legales&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/table&gt;&lt;/center&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;Me pregunté si la última afirmación sería cierta. ¿Todas? ¿Tendrían, por ejemplo, granadina? También me pregunté si un cazador, encantado o no, no necesitara más un pointer que un banco en la iglesia, y con un espasmo doloroso recordé una escena digna de un gran artista: petite nymphe accroupie. Pero aquel sedoso cocker spaniel quizá había sido bautizado. No... sentí que no podía soportar la angustia de volver a ver aquel vestíbulo. Había posibilidades mucho mejores de tiempo recuperable en la suave, otoñal, profusamente coloreada Briceland. Dejé a Rita en un bar y me dirigí a la biblioteca de la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vieja solterona se mostró encantada de ayudarme a localizar el mes de agosto de 1947 en el volumen encuadernado de la Briceland Gazette, y después, en un rincón alejado, empecé a volver las páginas enormes y frágiles de un tomo color negro-ataúd, casi tan grande como Lolita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Lector! Bruder! ¡Qué Hamburg tan tonto era ese Hamburg! Puesto que su sistema supersensitivo consistía en no encarar la escena real, pensó que por lo menos podía disfrutar de una parte secreta de ella (lo cual recuerda al décimo o vigésimo soldado en la cola de los violadores, que arroja sobre la cara blanca de la muchacha su chal negro para no ver esos ojos imposibles mientras satisface sus deseos militares en la aldea triste y saqueada). Lo que yo anhelaba encontrar era la fotografía impresa que había absorbido mi imagen invasora mientras el fotógrafo de la Gazette enfocaba al doctor Braddock y a su grupo. Esperé apasionadamente encontrar ese retrato del autor de estas páginas, inmortalizado como un animal más joven... ¡Una cámara inocente sorprendiéndome en mi oscura marcha hacia la cama de Lolita... qué imán para Mnemésine! No puedo explicar la verdadera índole de esa ansiedad mía. Supongo que se relacionaba con esa malsana curiosidad que nos impulsa a examinar con una lupa las figuras minúsculas –naturaleza muerta, prácticamente, y cada uno a punto de vomitar– en una ejecución a la madrugada, y la expresión del paciente, imposible de discernir a causa de la mala impresión. De todos modos, yo jadeaba por falta de aliento, y una punta de ese libro falta se me hundía en el estómago mientras yo escudriñaba y desollaba... La fuerza bruta y Poseída se exhibirán el domingo 24 en ambas salas. El señor Pourdom, comerciante independiente de tabaco, decía que desde 1925 fumaba Omen Faustum. Husky Hank y su noviecita serían huéspedes del señor y la señora Gora, avenida Inchkeit, 58. El tamaño de algunos parásitos alcanza el tamaño de un sexto de su poseedor. Dunkerke fue fortificado en el siglo x. Calcetines para señoritas, $ 0,39; zapatos de deporte, $ 3,98. Vino, vino, vino –bromeaba el autor de Edad oscura, que se había negado a fotografiarse– puede sentar a un melodioso pájaro persa, pero yo diré: dadme lluvia, lluvia, lluvia sobre el techo inclinado para que surjan rosas e inspiración. Los hoyuelos se producen por la adherencia de la piel a los tejidos más profundos. Los griegos rechazan una pesada ofensiva... Y... ah, por fin, una figurilla de blanco, y el doctor Braddock de negro, pero no pude identificarme en el hombro espectral que rozaba su amplio cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui en busca de Rita, que me presentó con una sonrisa de vin triste a un viejo marchito, tamaño bolsillo, de truculenta tiesura, diciéndome que se trataba de... ¿cómo dijo que se llamaba, muchacho?... un antiguo compañero de colegio. El viejo procuró retenerla y en la breve lucha que siguió me lastimé el pulgar contra un duro cráneo. En el parque silencioso y pintado donde la hice caminar y tomar un poco de aire, Rita sollozó y dijo que pronto la dejaría, como la dejaban todos, y yo le canté una anhelosa balada francesa y ensarté unas cuantas rimas fugitivas para divertirla:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The place was called Enchanted Hunter. Query &lt;br /&gt;What Indian dyes, Diana, did thy dell &lt;br /&gt;endorse to make the Picture Lake a very &lt;br /&gt;blood bath of trees before the blue hotel?&lt;sup&gt;3&lt;/sup&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella dijo: «¿Por qué azul, si es blanco? ¿Por qué azul, por Dios?» Y empezó a llorar de nuevo, y yo la guié hasta el automóvil, y marchamos hacia Nueva York, y pronto estuvo razonablemente contenta en la niebla de la pequeña terraza de nuestro piso. Advierto que he mezclado dos sucesos, mi visita a Briceland con Rita, durante el viaje a Cantrip, y nuestro paseo por Briceland, durante el regreso a Nueva York. Pero esas combinaciones de colores no son de desdeñar para el artista que recuerda.&lt;/div&gt;&lt;/center&gt;</description>
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  <pubDate>Fri, 12 Oct 2007 11:59:49 GMT</pubDate>
  <title>26</title>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Tenía el doble de la edad de Lolita y tres cuartos de la mía: una adulta muy esbelta, de pelo oscuro y piel pálida, que pesaba cuarenta y ocho kilos, con ojos de encantadora asimetría, perfil angular rápidamente esbozado y una atractiva ensellure en su espalda sutil. Creo que tenía una gota de sangre española o babilónica. La recogí en una depravada noche de mayo, entre Montreal y Nueva York, o más exactamente entre Toylestown y Blake, en un bar ardiente y umbroso bajo el signo de una mariposa nocturna, donde se encontraba amablemente borracha: insistió en que habíamos ido juntos a la escuela y puso su manecita trémula sobre mi manaza de gorila. Mis sentidos estaban ligeramente excitados, pero resolví someterla a una prueba: lo hice, y la adopté como compañera permanente. Era tan amable esa Rita, una chica tan buena, que por pura camaradería o compasión se habría entregado a cualquier falacia o criatura patética, a un viejo tronco caído o un puerco espín desconsolado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;Cuando la conocí acababa de divorciarse de su tercer marido y hacía menos tiempo aún que la había abandonado su séptimo cavalier servant: los demás, los transitorios, son demasiados para enumerarlos. Su hermano era –y ha de serlo todavía– un político eminente, de cara pastosa, tirantes y corbatas chillonas: político eminente, protector de su ciudad natal. Durante los últimos ocho años había pasado a su pequeña gran hermana varios cientos de dólares mensuales con la expresa condición de que no volviera a poner un pie en la pequeña gran ciudad de Grainball. Rita me dijo que por alguna maldita curiosidad, cada nuevo amigo suyo empezaba por llevarla hacia Grainball: era una atracción fatal, y antes de que advirtiera qué ocurría, se encontraba succionada por la órbita lunar de la ciudad, arrastrada por la corriente que la circundaba, «dando vuelta tras vuelta –según sus palabras– como una maldita polilla».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía un elegante coupé y en él viajábamos hacia California, proporcionando un descanso a mi venerable vehículo. Su velocidad natural no bajaba de noventa. ¡Mi buena Rita! Durante dos vagarosos años erramos juntos, desde el verano de 1950 al de 1951. Era la Rita más suave, simple, amable, callada que pudiera imaginarse. Comparadas con ella, Valechka era un Schlegel, Charlotte un Hegel. No existe el menor motivo para que me demore hablando de ella al margen de esta memoria siniestra, pero permítaseme decir (salve Rita, dondequiera que estés... borracha o con dolor de cabeza, Rita salve) que era la compañera más sedante, más comprensiva que he conocido nunca, y que me salvó del manicomio. Le dije que andaba buscando a una chica y que trataría de agujerear a su matón. Rita aprobó solemnemente el plan, y durante una investigación que tomó a su cargo (sin saber una sola palabra de nada) en los alrededores de San Humbertino, se enredó con un granuja. Me costó no poco trabajo dar con ella y al fin la encontré, gastada y magullada, pero todavía con agallas. Un día me propuso que jugáramos a la ruleta rusa con mi sagrado revólver; le dije que era imposible, que no era un revólver, luchamos por él hasta que al fin se disparó, y del agujero que abrió en la pared del cuarto de baño saltó un chorro de agua caliente muy delgado y cómico. Recuerdo sus alaridos de risa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La curva extrañamente púber de su espalda, su piel satinada, sus lentos besos de colombina me hacían abstenerme de todo daño. Las aptitudes artísticas no son caracteres sexuales secundarios, como han dicho algunos farsantes y curanderos; muy al contrario, el sexo no está sino supeditado al arte. Debo consignar una borrachera harto misteriosa que tuvo interesantes repercusiones. Yo había abandonado la busca: el demonio estaba en Tartaria o ardía en mi cerebelo (con llamas avivadas por mi fantasía y mi dolor), pero era evidente que no tenía a su campeona de tenis en la costa del Pacífico. Una noche, durante nuestro viaje de regreso al este en un hotel horrible de esos donde se reúnen las convenciones y vagabundean hombres gordos y rosados con distintivos, llenos de apellidos, de borrachos, de conversaciones sobre negocios, Rita y yo nos despertamos para encontrar un tercer hombre en nuestro cuarto: era un joven rubio, casi albino, de pestañas blancas y grandes orejas transparentes, a quien ni Rita ni yo recordábamos haber visto en nuestras tristes vidas. Sudoroso, con una espesa camiseta pringada y viejos zapatos de soldado, roncaba en nuestra cama doble junto a mi casta Rita. Le faltaba un diente delante y tenía en la frente pústulas ambarinas. Ritoschka envolvió en su impermeable –lo primero que encontró a mano– su sinuosa desnudez; yo me puse un par de calzoncillos. Se habían usado cinco vasos, lo cual suministraba una dificultosa abundancia de pistas. En el suelo, un sweater y un par de pantalones raídos color canela. Sacudimos a su poseedor hasta volverlo plenamente consciente. Tenía una amnesia total. Con un acento que Rita reconoció como puramente brooklyniano, insinuó ceñudamente que alguien había hurtado su poca valiosa identidad. Lo metimos en sus ropas y lo dejamos en el hospital más cercano; mientras tanto, pudimos advertir que después de olvidados vagabundeos, estábamos en Grainball. Medio año después, Rita escribió al doctor para pedirle noticias. Jack Hubertson, como lo habíamos apodado con escaso ingenio, seguía aislado de su pasado personal. ¡Oh, Mnémosine, la más dulce y malévola de las musas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No habría mencionado este incidente de no haber iniciado una serie de ideas que fructificaron con la publicación (en la Cantrip Review) de mi ensayo Mimir and Memory, en el cual entre otros pormenores que parecieron originales e importantes a los benévolos lectores de esa espléndida publicación, sugería una teoría de tiempo perpetuo, basada en la circulación de la sangre y conceptualmente basada (para llenar la cáscara) en la hipótesis de que la mente no es consciente sólo de la materia sino de su propio ser, creando así un circuito continuo entre dos polos: el futuro almacenable y el pasado almacenado. Como resultado de esa aventura –y como culminación de mis travaux previos– fui llamado a Nueva York, donde Rita y yo vivíamos en un pisillo con vista a radiantes niñas que tomaban baños de sol en una glorieta de Central Park, por el Cantrip College, a cuatro millas, para dictar un curso de un año. Vivimos en el colegio, en apartamientos especiales para poetas y filósofos, desde septiembre de 1951 hasta junio de 1952, mientras Rita, a la cual preferí no exhibir, vegetaba –me temo que no muy decorosamente– en un hotel junto a la carretera, donde la visitaba dos veces por semana. Al fin se esfumó, de manera mucho más humana que su predecesora: un mes después la encontré en la cárcel local, estaba trés digne, le habían extirpado el apéndice y se las compuso para convencerme de que las hermosas pieles azuladas que la acusaban de haber robado al señor Roland MacCrum habían sido un regalo espontáneo, si bien algo alcohólico, del propio Roland. Conseguí sacarla sin recurrir a su susceptible hermano, y poco después regresamos a Central Park West, vía Briceland, donde nos habíamos detenido durante algunas horas del año anterior.&lt;/div&gt;</description>
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  <pubDate>Sat, 06 Oct 2007 10:51:26 GMT</pubDate>
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  <description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Éstos son unos versos bilingües que compuse en mi retiro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wanted, wanted: Dolores Haze &lt;br /&gt;Hair: brown. Lips: scarlet. &lt;br /&gt;Age: five thousand three hundred days. &lt;br /&gt;Profession: none, or &quot;starlet&quot;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name=&quot;cutid1&quot;&gt;&lt;/a&gt;Where are you hiding, Dolores Haze? &lt;br /&gt;Why are you hiding, darling? &lt;br /&gt;(I talk a daze, I walk in a maze, &lt;br /&gt;I cannot get out, said the starling).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Where are you riding, Dolores Haze? &lt;br /&gt;What make is the magic carpet? &lt;br /&gt;Is a Cream Cougar the present craze? &lt;br /&gt;And where are you parked, my car pet?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Who is your hero, Dolores Haze? &lt;br /&gt;Still one of those blue-caped star-men? &lt;br /&gt;Oh the balmy days and the palmy bays, &lt;br /&gt;And the cars, and the bars, my Carmen!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oh Dolores, that juke-box-hurts!&lt;br /&gt;Are you still dancin&apos;, darling?&lt;br /&gt;(Both in worn levis, both in torn T-shirts,&lt;br /&gt;And I, in my corner, snarlin&apos;)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Happy, happy is gnarled McFate &lt;br /&gt;Touring the States with a child wife, &lt;br /&gt;Plowing his Molly in every State. &lt;br /&gt;Among the protected wild life.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;My Dolly, my folly! Her eyes were vair, &lt;br /&gt;And never closed when I kissed her. &lt;br /&gt;Know an old perfume called Soleil Vert? &lt;br /&gt;Are you from Paris, mister?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;L&apos;autre soir un air froid d&apos;opéra m&apos;alita: &lt;br /&gt;Son felé - bien fol est qui s&apos;y fie! &lt;br /&gt;Il neige, le décor s&apos;écroule, Lolita! &lt;br /&gt;Lolita, qu&apos;ai-je fait de ta vie?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dying, dying, Lolita Haze &lt;br /&gt;Of hate and remorse, l&apos;m dying. &lt;br /&gt;And again my hairy fist I rise. &lt;br /&gt;And again I hear you crying.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Officer, officer, there they go... &lt;br /&gt;In the rain, where that lighted sotre is! &lt;br /&gt;And her socks are white and I love her so, &lt;br /&gt;And her name is Haze, Dolores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Officer, officer, there they are &lt;br /&gt;Dolores Haze and her lover! &lt;br /&gt;Whip out your gun and follow that car. &lt;br /&gt;Now tumble out, and take cover.&lt;br /&gt;&lt;br